Amigos son los amigos

Tener alguien con quien contar en momentos difÃciles y con quién compartir los mejores y más gratos momentos de nuestra vida es el más preciado regalo que la vida nos puede dar.
Pues es en esta vida y no otra en la que estamos conscientes del valor de un gran amigo. Es en esta vida que disfrutamos de su compañÃa, y en la que aprendemos a valorar y comprender a otras personas.
La compañÃa de un amigo nos resulta imprescindible a la hora de reconocernos en otro ser, ya que elegimos amigos acorde a nuestros gustos y actitudes personales. Aprendemos no sólo de nuestros errores sino también de los errores de nuestros amigos, pues al compartir sus vivencias nos involucramos tanto en su vida, que cualquier cambio nos termina afectando también a nosotros.
Un amigo es un ser respetado por nosotros al cual elegimos del resto. Ese ser tan especial ocupa un lugar muy importante en nuestra vida, tanto es asà que muchas veces lo elegimos como confesor dejando de lado otros lazos familiares.
Ese ser extraordinario que nos contiene en momentos difÃciles y en el cual albergamos todas nuestros miedos y dudas, forma parte imprescindible en nuestra lista de necesidades diarias.
Llamarlo cuando nos sentimos solos, preocuparnos por sus desventuras, compartir infinitos momentos, no es otra cosa que confirmar el mutuo sentimiento que nos mantiene unidos.
El lazo de amistad es tan fuerte e importante que lo llevamos siempre en nuestro corazón y aún en la distancia mantenemos vivo su recuerdo.
Contamos con él todos los dÃas de nuestra vida, pero existe un solo dÃa en el que depositamos el amor de los 365 dÃas del año, en el que manifestamos lo que realmente sentimos por él, aunque seguramente son muchos más los dÃas en los cuales nos cansamos de requerir su presencia.
El dÃa del amigo es la excusa perfecta para recordarle lo mucho que lo queremos, y también para recordarlo si es que acaso está distante.
Feliz dÃa del amigo a todos aquellos seres que comparten sus vidas, que comparten su alegrÃa y que están abiertos a la linda aventura de sentirse un buen amigo.
Deja ya de hablar
Cuando conversamos lo hacemos pensando que tenemos un interlocutor que participa de nuestra conversación, y que supuestamente también emite su opinión, pues de esta manera sabemos que está escuchando lo que estamos hablando.
Pero no siempre se da de esta manera, ya que muchas veces nos encontramos hablando sin parar, sin tener en cuenta al otro. Y otras tantas somos receptores de monologuistas que nos toman de psicólogos y lo único que pretenden es ser la voz principal de cualquier reunión.
Estos exagerados roles, tanto de aburridos parlanchines como de aburridos y somnolientos escuchas, limitan cualquier comunicación y deterioran el interés por seguir manteniendo la relación.
Para que exista efectivamente el diálogo se necesitan dos o más participantes, que actúen activamente en la conversación, y que amplÃen cualquier información o crÃtica necesaria para entretener y hacer más amena la relación.
Esto que parece ser natural en todas las personas, como si viniese incorporado en el gen humano, resulta que no lo es.
Cuando la comunicación se dificulta, es porque seguramente un integrante que mantiene una conversación no está cumpliendo con su parte, sólo está actuando exageradamente actuando en un solo rol.
Un hablador compulsivo sin capacidad de escuchar a alguien más, es una gran molestia para cualquier receptor, que no sólo se queda sin poder emitir una sola palabra, sino que además deja de prestar atención y comienza a pensar en cualquier otra cosa con tal de no escuchar más a este incansable locutor.
Hablar sin parar nos aleja de la comunicación y nos convierte en egoÃstas parlanchines que terminan aburriendo y cansando a potenciales oyentes, que de dejarlos participar en nuestro diálogo aportarÃan una cuota de reflexión y novedad a nuestra vida.
Todas las personas tienen algo que contar, no permitirles participar aportando sus vivencias y sus puntos de vista es un gran desperdicio, ya que escuchar a otros nos abre más la mente y nos aporta un sinfÃn de nuevas historias que podemos utilizar en futuras conversaciones.
La tolerancia

Cuando la paciencia llega a su punto lÃmite, solemos sentir que un torbellino de emociones está por salir a la luz y no de la mejor manera posible.
Estar en momentos de ebullición nos aleja del razonamiento y nos conduce irremediablemente a la cólera.
Es difÃcil mantener la calma en momentos de crisis, cuando las aguas están en constante movimiento. Todo parece indicar que perdimos la paciencia y estamos a punto de estallar.
Pensar en tolerar aquello que justamente es lo que nos enerva, no es la mejor solución para nuestro inquietante problema.
La tolerancia no llega de casualidad y menos en el momento de cólera. Es un ejercicio que conlleva un entrenamiento previo.
Diariamente debemos aprender a calmarnos para no llegar al punto lÃmite de nuestra paciencia. No siempre es fácil y con la voluntad a veces tampoco se consigue, pero el sólo hecho de intentarlo nos está preparando para la predisposición de nuestro propósito.
La tolerancia tiene que ver con nuestros principios, con mantener la calma para no herir a aquellos que queremos, y también con darnos tiempo de evaluar mejor las cosas y no quedar encasillados como impulsivos desenfrenados.
Respirar ondo y contar hasta diez parece una sencilla fórmula, pero llevada a la práctica no es más que un ejercicio de autocontrol que no es tan fácil de adquirir.
Ser tolerantes no significa predisponerse al constante maltrato psicológico, no es subordinarse. Es contar con más recursos a la hora de evaluar posibilidades y decidir la mejor manera de encaminar nuestra vida, sin dejarse llevar por el torbellino despiadado en el que muchas veces suele convertirse el mundo.
El amor llama a tu puerta

Siempre que el amor llama a tu puerta es porque seguramente hay una veta de luz en tu ventana, como una señal que le indica que hay lugar o necesidad de alguien más.
Aunque pensemos que este nuevo amor nos encontró de improviso, lo cierto es que estábamos aguardando secretamente su llegada.
Cuando un corazón tiene ansias de latidos, donde quiera que se encuentre siempre está emitiendo señales que indican disponibilidad para albergar nuevos y excitantes sentimientos.
Otro necesitado corazón que se encuentra expectante y receptivo nos encuentra. En ese mágico momento de búsqueda y encuentro nace un nuevo amor.
Es un constante dar y recibir que se unen para emprender un nuevo y distinto viaje, donde el rumbo aún incierto, está lleno de esperanza.
Cuándo el amor toca a tu puerta tal vez la encuentre entreabierta y no haya necesidad de abrirle sino tan sólo recibirle, con nuestra mejor sonrisa.
Justo en el momento preciso que se produce ese encuentro no hay lugar para preguntas, ese instante donde las miradas se cruzan por primera vez, nace un nuevo amor.
Lo esperábamos aún en sueños y él llego sin avisar, tan solo porque también nos buscaba sin ni siquiera saberlo.
El amor no siempre responde a razones, ni entiende de dudas, pues se guÃa más que nada de sentimientos ajenos casi siempre a nuestro entender. Cuándo reaparece en nuestra vida lo hace simplemente porque presiente que hay necesidad de él.
A veces desnuda nuestros anhelos y otras veces nos exige volver a sentir. Lo hace de manera quizás misteriosa, incomprensibles a nuestro modo de entender la vida.
Este amor que llega y todo lo cambia, es una nueva manera de entender y conquistar nuestra vida, otra manera de revivir la esperanza, otra energÃa que impulsa nuevos y distintos latidos a nuestro expectante y necesitado corazón.
Excesos

Cuando tratamos de llenar espacios vacÃos en nuestra vida que nos mortifican cometemos ciertos excesos.
Estos excesos son extralimitaciones que no podemos controlar, que terminan superándonos y hasta llegan a manejarnos sin estar conscientes de ello.
Sentimos que los podemos controlar pero no es cierto, no cuando se tornan una costumbre. A veces pedir ayuda es la mejor solución o el mejor camino.
No sólo el vacÃo sentimental nos lleva a cometer excesos, también están las situaciones que no podemos manejar y que por ende nos exceden y tienden a provocar otros excesos que terminan descontrolando todo nuestro sistema nervioso.
Cuando no hay equilibrio en nuestro interior estamos propensos a caer en cualquier tipo de adicción, que no es otra cosa que excedernos en hábitos que resultan perjudiciales a nuestra salud, tanto mental como fÃsica.
Muchas veces aunque pensemos que tenemos todo resuelto y que nuestra vida está completa, lo cierto es que hay determinados hábitos dañinos que confirman lo contrario.
Estos excesos aunque parezcan tan inofensivos en un principio, no son otra cosa que la confirmación de algún desequilibrio que nos negamos a confesar, ni siquiera a percibir.
Esta negación nos conduce a producir cualquier tipo de excesos que a la larga nos van a confirmar que no estamos tan bien como pensamos, ni controlamos nuestra vida como creÃamos.
Aunque aparezcan como simples indicios o inocentes hábitos, el hecho es que se tornan inmanejables y parecen tener vida propia.
La adicción al trabajo, a la comida, al alcohol, al cigarrillo, al sexo, por decir los aparentemente más simples, tarde o temprano se toman revancha sobre nuestro cuerpo y desestabilizan nuestra existencia, provocando muchas veces fuertes picos de stress, o daños concretos sobre órganos de nuestro cuerpo.
Decir que todo está bien en nuestra vida no es lo mismo que demostrarlo. Si hay excesos en algún tipo de hábito seguramente hay algo que solucionar en nuestra vida.
El último adiós

Despedirse es desprenderse de algo que sentimos como nuestro. El hecho de dejar ir a esa persona ya es una dura y difÃcil decisión, que nunca quisiéramos afrontar.
Cuando la despedida es temporal sólo nos quedamos con un poco de nostalgia, pero con la esperanza de volvernos a reencontrar.
Sin embargo cuando la despedida es para siempre no hay lugar para la esperanza, y ese inevitable vacÃo se acrecienta con el paso del tiempo.
Decir adiós se transforma en un agudo grito de auxilio, no queremos dejarlo ir, más todo es inútil, la distancia se presenta con demasiada firmeza.
Lágrimas y súplicas no entienden la derrota, se ha ido y ya nada podemos hacer. Quedamos inertes en tan injusto destino.
Tanta impotencia detiene nuestros pasos que quieren huir, alejarse cuánto antes de tan desdichada escena. Se ha ido y es inevitable, ya nada podemos hacer.
Cuándo ese desmesurado sentimiento de derrota y decepción se apodera de nuestras fuerzas, el único refugio es decir lo que sentimos y aliviar con el llanto nuestra pena.
No hay remedio efectivo que nos evite el sufrimiento de ese cruel momento. La vida continúa más ya no es la misma para nosotros.
Ha veces el tiempo disipa la pena, y aunque nunca olvidemos ni se cierre la herida, el continuar con el ritmo de nuestra vida puede ser la mejor manera de afrontar la nostalgia que nos provoca la pérdida de un ser querido.
El último adiós es un saludo simbólico que intentamos decir a un cuerpo que carece de vida, ya que nunca nos despedimos de la esencia de su alma. Ella vive en cada recuerdo y en cada momento que necesitamos volver a sentirla.
Nunca podremos despedirnos ni alejarnos de un pedazo de nuestro corazón. Pues en nuestro interior sigue intacta su presencia y nuestro corazón aún late con su recuerdo.
No existe el adiós cuando el amor es eterno, tan sólo se interpone una distancia que si pensamos que es pasajera, esa impotencia que hoy nos paraliza tal vez ceda y deje lugar para la esperanza.
Su presencia nos acompañara cuando evoquemos su recuerdo, o cuando en sueños reaparezca para consolarnos y recordarnos cuánto nos ama.
No le digamos adiós sino hasta luego, que de seguro volveremos a reencontrarnos cuando el tiempo y el destino asà lo quieran.
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