El respeto como norma de conducta

La libertad personal comienza allà donde termina la de cada uno. Este dicho que parece ser una norma de sentido común, ha pasado a ser cosa de nostálgicos y de conservadores, y convertirse en el  ”hacer lo que a mà me de la gana”, sin cortapisas ni limitaciones.
La diferencia entre las cosas y los seres humanos, es que estos tienen capacidad de elección y de renuncia en pos del bien común, pero para eso se debe hacer una apuesta clara y diáfana por el respeto, como valor insustituible de la condición humana.
El respeto no tiene nada que ver ni con las buenas formas, ni con la buena educación. El respeto es algo mucho más serio y profundo que parte de la convicción de que ningún hombre puede ser tratado como un medio para conseguir un fin determinado.
El capitalismo ha empujado a nuestras sociedades modernas al “usar y tirar” cuando las cosas, y por desgracia también las personas, han dejado de cumplir la función necesaria, cuando se les ha querido sacar provecho para un fin impuesto o elegido.
La falta de respeto se manifiesta, precisamente, cuando el hombre es tratado como un medio y no como un proyecto de libertad e identidad en continuo desarrollo. Esta forma de posicionarse en la vida es generadora de conflictos personales y sociales, y las consecuencias se ven a diario a través de los enfrentamientos armados o las injusticias que hay en cualquier parte del mundo.
Cuando el hombre no es capaz de respetarse a sà mismo, es imposible que lo haga con sus semejantes. La arrogancia provoca la superioridad que, al final, es la chispa que prende fuego a la corriente imparable de discriminaciones y sometimiento.
La diferencia jamás puede ser un arma arrojadiza para el rechazo o la exclusión. En la Aldea Global, la interacción cultural es fuente de enriquecimiento y no de amenaza, como algunos pretenden vendernos.
El respeto por lo diferente enaltece la condición humana hasta su más alto lugar. Conocer el valor propio y el de los demás, es la forma más sencilla para ganarse el respeto de los demás. La acogida desde la humildad, implica que el otro es capaz de aportar algo nuevo a mi forma de pensar y a mi propia escala de valores.
Si el hombre está dispuesto a dejarse desinstalar por la riqueza ajena, entonces podremos construir un mundo más rico y más igualitario.
La apropiación de los bienes y de los valores que no se comparten, genera recelo, envidia y pobreza en todos los sentidos. En nuestro mundo hay suficientes recursos materiales y espirituales para todos. Saber ofrecerlos y disfrutarlos con los demás es un signo elocuente de que esta humanidad está en alza y de que merece la pena apostar por ella.
Detesto los profetas de calamidades para quienes el futuro no tiene salida. La fe en el buen corazón de los hombres pasa por la comprensión de que lo que uno posee es lo que enriquece a los demás, y viceversa.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: derechos, dignidad, justicia, libertad, respeto

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