Escandalizarse de los que no se escandalizan

Hace unas semanas pudimos ver por televisión las secuencias de una realidad lamentable: un hombre de origen rumano se prendÃa fuego a lo bonzo para llamar la atención ante su situación económica desesperante que le impedÃa comprar un billete de avión de vuelta para su paÃs, para él y su familia.
Recuerdo bien que no pude soportar las imágenes que ofrecieron todos los telediarios. La consternación por tanto dolor y el olor a carne quemada parecÃa poder traspasar la pantalla del televisor que se presentaba como testigo inerme de una escena ofrecida en espectáculo, para gusto y divertimento de aquellos que nos encontrábamos en mitad de la comida.
Ahora, salta la noticia de que después de pasar varios dÃas en la UVI, el rumano ha fallecido.
Una cosa son las pelÃculas de acción, teñidas de sorprendentes efectos especiales, donde todos sabemos que la ficción, por mucho que quiera confundirnos a través de la magia del cine, nada tiene que ver con la realidad. En la gran pantalla todo es falso, desde el maquillaje, los guiones o la técnica más moderna que a través del ordenador es capaz de proporcionar imágenes imposibles, falaces pero con el único cometido de entretener al espectador.
Ante tal despliegue de ficción, la realidad queda bien definida como otra cosa que transcurre en el tiempo y el espacio de la vida misma. El cine puede gustarnos más o menos, incluso llegar a impactarnos provocando el rechazo de aquello que con mucha crudeza se nos puede narrar en imágenes. La realidad no cuenta con estos recursos, porque no hay actores, ni exageraciones forzadas, ya que allà se desarrolla una acción veraz.
Los Medios, confundidos con los recursos propios del séptimo arte, muestran sin pudor la actualidad más sanguinaria, relamiéndose en unas imágenes encarnizadas sacadas de la vida misma.
No veo el interés en mostrar los detalles de algo que ciertamente ha pasado o está pasando, y que no aportan ningún otro añadido al contenido esencial de la crónica que forma parte de la información que se está comunicando.
¿Tan necesario es meter el objetivo de la cámara allà donde el pudor por el dolor ajeno deberÃa crear un espacio de respeto y silencio hacia lo que pertenece exclusivamente a la intimidad del sujeto que en ese momento está siendo noticia?
Me molesta la doble moral de los Medios y de los espectadores que se escandalizan ante la proyección de unas escenas cargadas de erotismo o incluso de pornografÃa, pero que forma parte de la ficción, y que sin embargo, cuando ven a un hombre ardiendo vivo, la conciencia les deja indemnes, como si el hecho de que eso forme parte de la realidad les otorgara el derecho a violar toda censura que la dignidad hacia lo humano deberÃa imponerles.
La realidad, por desgracia, a veces es demasiado cruel como para jugar con los sentimientos de los que se acercan a diario a las noticias que dan los telediarios. El dolor de los demás no es un negocio, ni un espectáculo que se pueda ofrecer como escarnio público.
La lucha por obtener una exclusiva informativa pasa, incluso, por arrebatarle a la persona que es noticia, su parcela inalienable de intimidad y privacidad. Me niego a que me den gratis el pase para una pelÃcula para la que no he comprado la entrada y que irrumpe sin misericordia en mi casa por sorpresa y en el momento menos oportuno del dÃa.
Si los Medios quieren hacer cine de terror que se busquen a otros espectadores con menos escrúpulos que los mÃos o que se dediquen a hacer su trabajo, sin olvidar la deontologÃa básica que para narrar la realidad no es necesario ensañarse ni con el dolor ajeno, ni con la sensibilidad del auditorio doméstico.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: escandalo, escrupulo, etica, medios, moral, sensibilidad, sociedad

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