El sentido de la muerte

Cada uno de nosotros tiene que morir. Esta “condena a muerte” suscita muchas veces, al mismo tiempo, una cierta indignación -¿por qué este final ineludible?- y la pregunta de la supervivencia: ¿termina todo realmente con la muerte? ¿Puede acaso algo de nosotros mismos subsistir después de la degradación del cuerpo?
La muerte nos indigna y suscita en nosotros miedo y angustia porque es sinónimo de sufrimiento y de finitud. Nos indigna igualmente porque rompe los lazos de amor humanos y hace que desaparezcan seres queridos. La percibimos como algo absurdo, indignante e incomprensible.
Frente a esto, algunos responden simplemente que se trata aquà de un fenómeno puramente natural que conviene aceptar como tal. La muerte no es en verdad más que una realidad biológica. ¿Qué serÃa de una vida que no dejase de existir, una vida sin final en la tierra? Esto es inconcebible.
Desde este punto de vista, la muerte no es más que una ley de evolución natural: no se puede concebir la vida sin muerte. El problema para el hombre es que él, a diferencia de los otros vivientes, tiene conciencia de esta muerte ineludible.
La sabidurÃa frente a esta realidad ineludible serÃa pues la de aceptarla con toda naturalidad. Esto es lo que han tratado de hacer muchos sabios. Por eso los estoicos aconsejaban que no se hiciera de este acontecimiento un momento de angustia.
“Después de la muerte todo termina, incluso la muerte”, afirmaba el filósofo estoico Séneca, y que más tarde volvió a repetir Montaigne. ¿Por qué tenerle miedo, o rechazarla? ¡Hagamos como si no existiese!
Esta era también en los siglos IV y V antes de Cristo la doctrina de algunos filósofos materialistas griegos como Demócrito y Epicuro. Este último afirmaba que en el momento de la muerte el alma se disuelve con el cuerpo. Razón por la cual no hay lugar al temor: “La muerte no es nada con relación a nosotros mismos, porque mientras que existimos, la muerte no existe, y cuando la muerte está aquÃ, ya no existimos”.
Sin negar la realidad de la muerte, hay que hacerse cargo de su existencia, viendo simplemente que se trata de un acontecimiento normal, de una ley natural, del final lógico del viaje de la vida. La única solución más convincente en esta perspectiva es la de hacerle frente con la mayor serenidad posible: hay que resignarse tranquilamente, lo que no quiere decir que no exista la tristeza ante lo inevitable.
Con este mismo espÃritu, algunos pensadores contemporáneos nos proponen esta misma reflexión: la muerte en nuestro universo es la consecuencia absolutamente natural de la vida. ¿Por qué inquietarse entonces? Esta será la postura, por ejemplo, de un célebre cientÃfico contemporáneo y premio Nobel de bioquÃmica, Jacques Monod, que consideraba que la vida del hombre no es finalmente más que una luz muy brillante entre dos eternidades de muerte.
Esta será igualmente la posición de otro gran biólogo, Jean Rostand, que afirmaba: “La muerte es para mà el cesar de ser de forma total y definitiva. Nunca he tenido la menor duda con relación a esto… todo lo que puede esperar la gente de mi misma especie es que en el trabajo y en el amor encuentren aquello que les haga olvidar, de momento, la inminencia de la nada”.
Por el contrario, otros afirman que después de la muerte la vida continúa. Esta concepción también es muy antigua en la historia de la humanidad. Pero, de esto hablaremos más adelante.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: felicidad, libertad, muerte, sentido, vida

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