El silencio atormentado

Sus palabras eran un torrente de verborrea desbocada, de sonidos encadenados entre sÃ, sin orden ni concierto. Asà llevaba un buen rato que se me hizo infinito. Ni si quiera dejaba el lapso de tiempo suficiente para tomar aire y permitir que los oyentes dejaran decantarse los posos de sus verbos.
Sus ideas llegaban a mis oÃdos como perdigones encendidos, martilleando la calma de mi corazón que habÃa llegado con la buena disposición de dejarse inundar por la sabidurÃa de quien creÃa rezumaba más sabidurÃa que cualquiera de los que estábamos allà para escucharle.
Al final de su intervención, se calló por fin, con una pregunta que quedó suspendida en el aire un buen momento: “¿Quieren plantear alguna cuestión?”
Nadie habló. Nadie se movió de su asiento. No se oÃa nada en aquella enorme sala. Todos enmudecÃan, dejando que el silencio irrumpiera más libre a como el conferenciante lo habÃa estado tratando durante su discurso.
Todos los presentes buscábamos el vacÃo que la palabra descompuesta nos habÃa arrebatado. Por fin la calma se manifestaba, serena y apacible. No hubo ni una sola pregunta. Sin hacer ruido y con exquisita discreción, los oyentes fueron dejando libres sus asientos hasta que sólo hubo silencio, mucho silencio…
El acceso a la información forma parte de la rutina de cualquier hombre que esté inmerso en el mundo moderno. Este potencial, que posibilita la unión de pueblos, ciudades y paÃses en tiempo real, ha venido acompañado de muchas de las más dramáticas consecuencias que están minando la interioridad del ser humano, como son la pérdida de profundidad en la reflexión, las prisas por acapararlo todo en el menor tiempo posible, y por supuesto la falta de silencio, que es la clave esencial para comprender la superficialidad a la que nos hemos acostumbrado a vivir.
Sin silencio, exterior e interior, no es posible el encuentro sincero, veraz y valiente con uno mismo, y sin eso la vida nos resbala por la piel como la lluvia torrencial que moja pero no empapa la tierra, y no hace sino provocar estragos irreparables para el hombre y la propia naturaleza.
En el silencio la palabra puede ser pronunciada con autoridad, y escuchada con serenidad. El silencio es el lenguaje de los grandes maestros de todos los tiempos de la espiritualidad universal, y necesitamos que vuelva a recuperar el lugar que le hemos arrebatado para reemplazarlo por el flujo inmisericorde de palabras vacÃas, y a menudo mal sonantes, que no han hecho sino embotar el espÃritu del hombre interior.
En cada silencio existe una manifestación de la verdad que nos rompe por dentro, posibilitando que surja la secreta humanidad que configura la autenticidad de cada persona. Saber callarse a tiempo es cosa de hombres libres, que no temen a la verdad, porque las palabras disfrazan engaños y mentiras artificiales.
La cultura moderna nos tiene demasiado acostumbrados a la comunicación verbal, escrita u oral, marginando por desgracia el lenguaje callado de los sÃmbolos, de los gestos y las miradas.
Los grandes profetas de Israel, cuando quisieron dejar constancia de sus visiones y denuncias, tuvieron gestos que fueron mucho más elocuentes que los discursos engañosos de los reyes y sacerdotes a los que criticaban con dureza.
En sus gestos se transparentaba una verdad que ha traspasado los siglos y siguen siendo tan actuales a como en su dÃa interpelaron la conciencia de todo un pueblo.
Por desgracia, el único silencio del que nadie puede desmarcarse y que admitimos por la fuerza de la ley natural es el de la muerte. Ante la muerte, todos callamos, y no sólo porque el cuerpo ha perdido su alma, sino porque la herida del dolor nos hace enmudecer a todos los que sentimos el vacÃo de alguien muy querido.
Pero, qué patéticas suenan las palabras del pésame que, reclamando tan sólo los gestos y el silencio de los vivos, tienen la osadÃa de atenuar el dolor con discursos baratos que no hacen sino ensordecer aún más la herida de la ausencia.
Con razón, de algunas personas decimos que no se callan ni debajo de la tierra. La muerte nos impone el silencio definitivo, pero esta lección algunos hombres no se la han aprendido todavÃa.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: comunicacion, dialogo, libertad, Reflexiones, silencio, soledadEl miedo, ¿libertad o inseguridad?

De los recuerdos de infancia que siguen encendidos en la cámara secreta y oculta de cada persona, la experiencia del miedo es posiblemente la que brille con más intensidad, pese al paso de los años.
El miedo es más que un sentimiento, -casi siempre asociado a la inseguridad de la niñez-, se trata en realidad de la experiencia matriz que marca silenciosamente el devenir de nuestra historia.
La madurez, entre otras cosas, nos introduce en el ámbito de las seguridades, tanto afectivas como materiales, pero las heridas del pasado incierto, y a menudo incómodo, han conseguido modelar lo que cada uno es hoy en dÃa.
De los miedos pasados se puede ser consciente, se puede ser inconsciente, se puede huir y, finalmente, integrarlos en la trama histórica de la existencia personal.
Pero, en cualquier caso, nunca borrarlos de la estructura fundamental que nos configura como seres humanos. Si hay algo que define indefectiblemente nuestra niñez, es la experiencia doble de la seguridad y la inseguridad.
La seguridad se arraiga en la certeza moral del amor incondicional de nuestros padres. Sabemos bien de pequeños que, independientemente de nuestros actos, difÃcilmente catalogables por un niño como buenos o malos, -porque el conocimiento acertado del bien y del mal aún está por formarse-, siempre contaremos con el amor incondicional del padre y de la madre.
¿A caso podrÃa un niño vivir con la coacción moral de que tiene que ganarse el cariño de sus padres por la bondad de su comportamiento o de sus actos? SerÃa algo terrible.
El niño crece en la confianza de que, a pesar de cómo se comporte, sus padres siempre lo querrán, porque lo hacen gratuitamente y sin necesidad de méritos. Si el afecto fuera un premio a conquistar, la infancia se convertirÃa en una conquista de la que muy pocos podrÃan salir victoriosos.
La confianza en la seguridad afectiva, permite el desarrollo normal, fÃsico y psÃquico de cualquier niño. Aquà no existen miedos de ninguna clase, a pesar de que la terapia del castigo pueda instalarse ocasionalmente.
¿Entonces de dónde proceden nuestros miedos infantiles? Evidentemente, de las experiencias puntuales de inseguridad, y estas son las que se heredan y que todavÃa, en el presente adulto de cada uno, siguen manifestándose desordenadamente.
Los adultos tenemos miedo al abandono de los que amamos. No soportamos la idea del desprecio, porque a pesar de que nos gusta presumir de nuestra libertad, en realidad somos seres dependientes y, en algunos casos, muy dependientes.
No sabemos vivir solos, necesitamos la expresión continuada y asidua de sentirnos queridos, pero mucho más aún de poder amar.
Ciertamente, es muy importante saberse querido, pero no hay comparación posible con la posibilidad de querer a alguien. Necesitamos que nos quieran gratuitamente y sin condiciones, pero contrariamente, nosotros amamos con egoÃsmo, con posesión y con exclusiva.
Nos es mucho más fácil soportar que nos amen compartidamente a saber que amamos en igualdad de intensidad y de condición que otros a la misma persona.
Efectivamente, el miedo de nuestras inseguridades infantiles nunca se ha borrado de nuestros recuerdos, y por eso creemos que tenemos que hacer méritos para conservar los apoyos arbitrarios que nosotros mismos nos hemos ido construyendo con el paso de los años.
Aparentemente, ya no tenemos miedo, pero el precio que pagamos, que es la pérdida de la libertad interior, nos impide vivir en el mundo desde la generosidad y la gratuidad que nos configuran más auténticamente como personas.
Los miedos pueden desvanecerse desde una actitud de abandono total, pero eso requiere una madurez que, a pesar de los años, no todos consiguen alcanzar.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: amor, infancia, libertad, miedo, seguridadEl espÃritu de la Navidad

Cuenta una antigua leyenda de los paÃses nórdicos, que un espÃritu procedente de una lejana galaxia del universo, vino a la tierra y se instaló en la región del Norte, en lo que hoy se conoce como la penÃnsula escandinava, para repartir aquello de lo que los seres humanos no pueden prescindir: paz, amor, armonÃa y alegrÃa.
Cada año, la humanidad se entrega generosamente a los brazos de esta tradición pagana, que ha sustituido radicalmente el sentido cristiano de estas fechas. Sostenida por corrientes de la tan influyente corriente “Nueva Era”, la conmemoración del nacimiento de Cristo ha dado paso a una creencia afectiva y epidérmica en la que los hombres, por unos dÃas, quieren hacerse más buenos.
Todos esperan que aparezca, e invada el corazón del mundo de una curiosa experiencia sentimental, sin la cual no es posible celebrar esas fiestas que ya no sabe de culturas ni de creencias, porque alcanza a toda la humanidad con la misma intensidad.
A partir de aquÃ, la Navidad es entendida y valorada por la mayorÃa de las personas como esas fechas entrañables en las que todos debemos humanizarnos un poco más, ser más solidarios y comprensivos, perdonar las ofensas y arrancar de nuestro corazón los odios, rencores y rencillas.
Por eso hay personas que dicen que no les gusta la Navidad porque parece que indica cuándo hay que ponerse amorosos, acogedores y ser buenos. Algunos dicen que la Navidad les trae a la memoria el recuerdo de las personas queridas que ya murieron y su ausencia en estos dÃas les trae dolor y les entristece. Y todo, provocado por una experiencia que nada tiene que ver con el acontecimiento cristiano, que no tiene otra función que adentrar al hombre en la dinámica de la experiencia de la salvación, que culmina con la Resurrección del Dios encarnado.
Lo que más sorprende de esta celebración es que también los cristianos se han sumado a la vivencia del “espÃritu de la Navidad”, dejando de lado el sentido genuino de una experiencia que, lejos de ser superficial, es capaz de transformar el corazón del hombre a través del encuentro personal con la figura de un Dios hecho hombre.
La pregunta que surge de aquà es la de por qué, incluso los cristianos, se sienten más atraÃdos por esa corriente pagana de unas fiestas de invierno que por lo verdaderamente esencial del mensaje cristiano, porque, no nos equivoquemos, el “espÃritu de la Navidad” no es el “EspÃritu de Dios”.
Es mucho fácil reservar unos pocos dÃas del año para vivir las actitudes fundamentales del Evangelio -aunque sean superficiales-, que el compromiso de por vida, nacido de la conversión por el encuentro personal con Jesucristo.
Y si nos fijamos con detenimiento, los valores que desde esta tradición pagana se intentan vivir en Navidad, son tan frágiles a como inexistentes en el resto del año. Se habla de amor en general, de armonÃa, de paz, de alegrÃa, pero ni se menciona el compromiso por la justicia, ni el cambio de mentalidad ante actitudes que son las que provocan los grandes desajustes de la humanidad.
El amor cristiano es más que una efusión de buenos sentimientos a flor de piel. El amor de Jesús que todo cristiano quiere hacer suyo, pasa necesariamente por la denuncia profética, por la fidelidad, por el amor a los enemigos, o por poner la otra mejilla en medio de las persecuciones.
Evidentemente, es mucho más fácil y tranquilizador para la conciencia dejarse embaucar por el “espÃritu de la Navidad” que por el “EspÃritu de Dios” que nos lanza al encuentro del otro desde otras actitudes más profundas, que seguramente provocan menos “mieles”, pero son más auténticas y evangélicas.
El “espÃritu de la Navidad” es un cuento de hadas, y la Navidad cristiana no es un cuento, sino la verdadera historia del Dios hecho hombre.
En realidad, la celebración de la Navidad deberÃa rompernos a jirones el corazón, si nos dejamos interpelar por el mensaje del Evangelio. Si, por lo contrario, nos coloca en nubes de algodón para maquillar el dolor y la injusticia del mundo con sentimientos de azúcar y turrón, entonces es que el “espÃritu de la Navidad” ha entrado con prioridad en nuestra vida, antes que la espada de doble filo que es el Evangelio de Jesús.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: Evangelio, Jesus, navidad, pobreza, Reflexiones, SentimientosLas despedidas

Vivir es despedirse, alejarse continuamente del presente, para convertirlo en pasado y arriesgarse a la aventura del futuro inesperado.
Para avanzar se necesita ir ligero de equipaje, no sólo material, sino afectivo. Los amarres que se acumulan a lo largo de la vida terminan por anclarnos al pasado, impidiendo la aventura de abrirnos a la novedad que aún desconocemos.
La mirada hacia atrás, en la marcha del devenir incierto, puede convertirnos, como a la mujer de Lot, en estatuas de sal. Saber empezar es importante, pero mucho más lo es saber terminar.
El miedo nos paraliza a menudo, impidiendo que las rupturas necesarias para seguir creciendo y madurando, puedan llevarse a cabo. Y al final, nuestra “bolsa” está tan llena de recuerdos, personas, nombres y lugares, que nuestro paso se asemeja al caminar de un borracho en medio de arenas movedizas.
La libertad interior se mide por la capacidad que tenemos de asumir el dolor de la despedida y de abrir una nueva página en blanco en la que poder empezar a escribir el asombro por el nuevo dÃa que se nos regala.
La historia no se detiene nunca, en realidad no tiene ni principio ni fin, nosotros entramos momentáneamente a formar parte de ella, pero existÃa antes de nosotros y seguirá estando después también.
A veces, nuestros recuerdos no son más que dulces ensoñaciones construidas sobre nuestros deseos, pero tan quiméricas como las huellas de los pies sobre la arena, que las olas se llevan mar adentro en un suspiro.
El miedo a despedirnos de nuestros castillos en el aire es el claro reflejo de las frustraciones jamás verbalizadas ni reconocidas, pero de las que seguimos tirando por no enfrentarnos a la verdad de nosotros mismos.
A mis amigos los puedo contar con los dedos de una mano, y posiblemente todavÃa me sobre alguno. En cambio, nos gusta mostrarnos en público como los amigos de todos, con un sin fin de rostros que poner a una lista interminable de nombres que, en lo más profundo de nosotros mismos, no nos importan lo más mÃnimo.
No se puede caminar por la vida con un bagaje afectivo tan pesado, porque nuestro corazón sólo se puede abrir en canal con pocas personas y en pocas ocasiones de nuestra existencia. El corazón tiene el lÃmite de la calidad y no de la cantidad.
Si la despedida de la “cantidad” produce dolor, entonces es que la vida nos la hemos tomado demasiado a la ligera y, más aún, la verdad del amor. En cambio, la “calidad” produce regocijo porque se camina hacia el futuro, con la confianza de la fidelidad y del amor incondicional, pese al tiempo y al espacio.
Toda despedida, si compromete de verdad todo nuestro ser, debe conllevar el “quemar las naves” una vez llegado al destino, marcado por lo imprevisible de lo incierto y todavÃa por vivir y descubrir.
El futuro asusta cuando nuestras previsiones se ven desmontadas por las incógnitas de lo que todavÃa está por llegar, y por eso mismo despedirse se convierte en una ruptura mortal.
La esperanza llena de sentido la amargura del adiós, abriéndonos con alegrÃa a la acogida de la nueva vida por estrenar. Saber decir adiós a tiempo, es virtud de sabios.
De necios es aferrarse al pasado, esclerotizado por los miedos a no querer vivir más y mejor lo que no nos pertenece y que está delante de nosotros, pero que nos hace más humanos y dignos de amar y de ser amados de verdad.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: amor, despedida, ruptura, sentimiento, separacionLa ventana indiscreta

Desde el ático en el que vivo, soy capaz de meter mis narices en casi todas las viviendas del edificio que está enfrente de mi casa. Las ventanas que dan a la calle no tienen cortinas, ninguna de ellas.
Aunque en las mÃas sà las hay, nadie desde fuera puede ver lo que pasa dentro de mi casa, porque la altura del edificio no lo permite.
A mis vecinos de enfrente los conozco perfectamente, aunque no sé ni sus nombres, ni dónde trabajan. Sin embargo, yo les he puesto un apodo a cada uno de ellos. No son nombres propios, sino motes con los que yo logro identificarlos y distinguirlos.
Por mis nombres sé si trata del inquilino del tercero o el del segundo piso. A veces me cruzo con ellos en la calle, pero no son capaces de reconocerme, porque nunca me han visto y no pueden asociarme con el propietario del ático del bloque que está en frente de sus ventanas y que, cada noche, se siente involuntariamente invitado a entrar en su intimidad.
Todos ellos parecen llevar una vida muy sencilla. En las habitaciones que descubro tras mis cristales, apenas percibo la existencia de algún mueble.
No parecen tener nada que esconder, quizás por eso no necesiten cortinas. Sus vidas son más transparentes que la mÃa. No hay secretos que esconder, ni miserias humanas o materiales que disfrazar.
Se muestran tal y como son, y son algo de lo que puedo ver a diario. No lo hago por ninguna compulsión recóndita de voyeurismo que albergue mi corazón.
Los veo y sé que están todos allÃ. No necesitan de mÃ, pero quizás yo sà que dependa de ellos para saberme que no estoy solo en esta ciudad que parece engullirme a diario.
A veces he tenido la tentación de presentarme y declarar que por las noches, antes de que apaguen la luz he pasado por su lado y he besado sus frentes cansadas de toda una jornada de trabajo.
He querido enjugar el sudor de sus rostros para sentirme vivo y clausurar el dÃa con la quimérica sensación de que me siento bien acompañado.
El susurro inaudible de un “buenas noches, que tengáis dulces sueños” termina por consolarme para que pueda volver a mis quehaceres, antes de entregarme en los brazos de Morfeo.
Mi ventana es indiscreta, pero mañana creo que quitaré también mis cortinas para ser tan diáfano como ellos. Ojalá que mi corazón asà lo fuera en mi propia vida.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: comunicacion, mirada, sociedad, soledad, ventanaEl joven escritor

Era la primera vez que hacÃa la presentación de un libro suyo en público. Diez dÃas antes, la editorial habÃa puesto en el mercado una recopilación de sus mejores cuentos, que tras muchas dudas, y con el empujón que algunos amigos le dimos, se decidió a publicar.
Lo notaba nervioso, pero orgulloso de sà mismo. La editorial se habÃa encargado de mandar invitaciones por correo y a través de Internet a todos aquellos que conformaban la enorme lista de contactos que tenÃa archivada el departamento de marketing y publicidad.
Con más de media hora de antelación, mi amigo ya se encontraba en la sala de exposiciones, conciertos y conferencias de una prestigiosa caja de ahorros de Madrid.
A medida que el tiempo pasaba, el personal que la editorial puso a disposición del escritor se afanaba en dejarlo todo preparado para el inicio de la presentación. Junto a la puerta de entrada habÃa una encorsetada azafata detrás de una mesa con ejemplares de los cuentos para todo aquel que quisiera adquirirlo en el momento y presentarlo luego para que se lo dedicaran.
Las luces de la tarima en la que se habÃa instalado la mesa presidencial estaban todavÃa apagadas. En un descuido, me percaté cómo hacÃan las pruebas de sonido para los micrófonos de los que iban a tomar la palabra. Sobre el mantel azul oscuro de paño grueso estaban perfectamente colocados unos cartelitos con el nombre de cada uno de los participantes.
Uno indicaba el nombre del subdirector de la editorial, otro tenÃa el nombre de un profesor de literatura del escritor que además habÃa redactado el prólogo, otro era -por supuesto- para el autor, y el último el mÃo.
¿Qué pintaba yo en todo eso? Mi presencia se debÃa a que habÃa sido, en el anonimato, la persona que desde el primer momento de la confección de su libro, habÃa estado corrigiendo el estilo, el argumento de cada historia, y el diseño de cada uno de los personajes de los cuentos.
Mi nombre es Augusto Saldaña, y el de mi discÃpulo ni lo cito porque aquella fue su primera y única publicación que presentó en público, y que además iba firmada con pseudónimo. A partir de aquel dÃa, nuestro amigo dejó de lado la narrativa y se dedicó al periodismo de investigación y de opinión en varios rotativos de tirada nacional.
Hoy en dÃa es un periodista de reconocido prestigio, incluso fuera de las fronteras de nuestro paÃs. Ya no escribe cuentos, pero sus crónicas son impecables, de un excelente estilo literario, muy admiradas por sus miles de lectores. Ahora firma con su verdadero nombre, y de aquel libro de cuentos no se acuerda nadie, ni si quiera él mismo.
Mañana sale al mercado una recopilación de sus mejores artÃculos, y la tirada inicial de la editorial ha sido de quince mil ejemplares. Ya no tengo por qué desvelar su nombre, mañana estará en la primera página de todos los periódicos del paÃs.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: escritor, exito, libertad, sociedadArtículos Anteriores
Bienvenidos a Historias.biz
El Blog sobre el análisis cotidiano de la realidad, con un toque de poesÃa para la esperanza. Noticias y novedades de nuestra sociedad, problemas reales de la gente de a pie. ArtÃculos de opinión sobre las necesidades y soluciones de la sociedad en que vivimos. Pasa y disfruta con nosotros.


Comentaristas más activos