El secreto

Cuando guardamos por mucho tiempo un secreto, inconfesable para cierto público, poseemos un saber que otro no tiene y que sólo conocerá si es que acaso alguna vez accedemos a confesarlo.
Tenemos en nuestras manos un poder que ejercemos sin darnos cuenta de ello, pero que a su vez es un complejo laberinto que nos confunde y nos limita. Eso que yo sé y que otro no sabe, por motivos que no vienen al caso, no deja de ser un arma de doble filo. Saber no siempre es sinónimo de tranquilidad, puede ocurrir que ese conocimiento nos este carcomiendo por dentro. Ya que el silencio esconde huellas de un pasado de tormento, o de un proyecto futuro incierto.
Cuando el cuerpo se transforma en alcancía de retazos de vida que no son plenas, a la larga nos termina perjudicando en la salud.
Si eso que callo es para proteger a alguien, el esfuerzo lo vale, pero no durará para siempre. Si el motivo es ocultar una verdad que mortifica, entonces viviremos con el martirio de que tarde o temprano salga a luz.
Guardar un secreto tampoco es muy gratificante, pues alguien que nos confiesa algo y nos pide mantenerlo en secreto, seguramente sufrió el tormento de ocultarlo y nos lanzó ahora la responsabilidad de sostenerlo a nosotras, que muy gentilmente accedimos a hacerlo con tal de saber algo que otros no saben, o sea tener la primicia, pero disfrutándolo en el tormento de no poder decir nada.
También está el secreto que todos saben, pero que se supone que nadie sabe, o sea un secreto en red, que se divulga con la escusa de mantenerlo en secreto. Te digo algo pero júrame que no se lo dices a nadie, y así sucesivamente.
El más terrorífico de todos es aquel que se lleva a la tumba, ahí no hay vuelta atrás, no existe vidente que pueda con él, y nadie nos asegura que ese no haya sido el motivo que lo llevo a la tumba, pues guardar tantos secretos sólo nos asegura un profundo silencio y una soledad infinita.
Los celos y los miedos

Cuando estamos enamorados creemos que esa persona tan especial que cautiva todo nuestro tiempo, tiene admiradores por todos lados. Todo se presenta como una amenaza que quiere robarnos la atención de nuestro amor, empezando por los amigos, la familia hasta cualquier entretenimiento que lo mantenga tan ocupado como para no estar con nosotras.
El miedo a perderlo se termina transformando en una obsesión, sino frenamos pronto esos impulsos tan destructores que alteran nuestra psiquis.
El sólo hecho de imaginarlo en otros brazos es motivo para indagar cada minuto de su vida. Noches enteras tratando de comprender porqué no nacimos juntos y así evitar el contacto que haya tenido con otras mujeres. Ni que hablar de la medida de sus sentimientos, ¿a quién quiso más? Todo termina siendo una competencia que entablamos con sus posibles amores pasados, claro que sólo existe en nuestra mente.
Nada tan desgastante como entrar en el terreno de los celos y terminar siendo la sombra de lo que alguna vez fuimos, de esa despreocupada mujer que lo conquisto, y que ahora sólo ocupa su tiempo en martirizar sus días con inútiles preguntas sobre su pasado.
Él está con nosotras y punto, el pasado no es sólo suyo, nosotras también tuvimos pasado y si de recuerdo se trata, tan mal seguramente no la hemos pasado.
Y en última instancia no se trata sólo de confianza, pues no tenemos la varita mágica para transformarlo en un monigote que siempre obedezca nuestros deseos. Como adulto puede decidir hasta cuando nos amará. Lo que sí podemos generar es la confianza en nosotras mismas, y de seguro no la hallaremos concentrando todas las energías en él, sino en preocuparnos por nosotras mismas y en nuestros deseos.
Enemigos íntimos
Cuando la alcoba se transforma en una muestra de la mala relación entre ambos integrantes de la pareja, el romance desaloja el dormitorio y la cama termina siendo el ring donde se disputa quién de los dos es el más sádico a la hora donde se presenta la disputa, y se hecha en cara todo lo que nos disgusta del otro.
La frialdad congela las cortinas y el suspenso se siente por doquier. El silencio disimula muchos significados y cuando por fin se apaga la luz, el único alivio es saber que hasta el día siguiente no tendremos que remitirnos a dirigirle la palabra.
Las diferencias se tornas insoslayables, nada de lo que pudiera decir remediaría el sentimiento de sentirlo un enemigo, alguien que sólo busca hacernos daño. Sus funestas palabras hirientes se transforman en puñaladas y el reproche es una constante en este tipo de relaciones.
El amor se esfumó por la ventana, ese ser tan especial resulto ser un patán que nos critica sin reparo.
Ahora es mi enemigo, el despreciable ser que como conoce todo de mí, le resulta fácil lastimarme, jugar con mis puntos débiles y ultrajar mi autoestima a su antojo.
Nuestra vida se ha convertido en un amor tan dañino como en la película de Julia Robert, “Durmiendo con el enemigo”, una lucha intensa contra el propio sentimiento, un amor-odio que nos consume y nos desvela, generando un malestar en todos los ámbitos de nuestra vida.
El calor que nos mantenía en refugio, ahora es un témpano de hielo que duerme a nuestro lado, un completo extraño que se niega a abandonarnos, pero que con su desprecio nos confirma que hace mucho tiempo se ha marchado.
El dormitorio suele ser el primer testigo de la ruptura, pues en la intimidad de la alcoba no sólo se demuestra el amor, sino también el desamor.
Los enemigos íntimos entablan una relación tan dañina como peligrosa, cortar los lazos íntimos entre los dos es la mejor opción para poder comenzar a sanar la relación.
Las mujeres que odian demasiado
Cuando el odio y el rencor se transforman en motor de una relación ya no hay vuelta atrás. Él nos hizo daño y ahora solo queda el rencor.
Muchas mujeres se sienten profundamente lastimadas y así justifican su odio a su ex o actual pareja. Él hizo esto o aquello, me obligo, me mintió, yo creí en él y así me pago, yo era un juguete en sus manos, me denigro….. y así podríamos continuar con el mar de justificaciones que nos permiten seguir responsabilizando al otro eternamente por nuestras desdichas.
El papel de víctima nos resulta cómodo, pues siendo desvalidas, la culpa siempre la tiene otro.
Y ese otro que resulta ser una ex pareja, o la pareja actual, o en algunos casos la futura pareja, deberá soportar la carga de nuestra frustrada vida, por no ser como quisiéramos que fuera en cada momento.
Si le atribuimos al otro toda la responsabilidad de nuestra vida, y no hacemos más que sentirnos víctimas de las circunstancias, es lógico que el odio se manifieste en cualquier relación y que nunca podamos relacionarnos de otra manera, pues el otro que ya tiene bastante con su propia vida, no siempre estará a la altura de las circunstancias y cometerá miles de errores, pues al no ser como nosotras quisiéramos, no logrará adivinar que es lo que realmente queremos que haga.
Del amor al odio hay un solo paso, y en estos enfermizos lazos la brecha es más corta.
Las mujeres que odian demasiado tienen una autoestima muy baja, pues al desvalorarse como personas el odio también es hacia su persona, y el otro termina siendo un escudo de su poco amor propio.
Si le damos a otra persona el timón de nuestra vida, termina resultando lógico sentir que estamos a la deriva, y a expensas de recibir el amor que al otro le parezca conveniente brindarnos.
En definitiva entregar sin reservas el corazón y nuestra vida, a alguien que apenas puede con su propia vida.
Despues de la desilusión

Cuando ponemos todas las energías en una relación, que consideramos será para siempre y terminamos desilusionadas, pues todos los sueños se desvanecieron y otra vez estamos solas, la pregunta obligada que nos hacemos es: ¿cómo seguimos después de este fracaso, cómo volveremos a creer en el amor?
La respuesta no es sencilla, pues requiere un gran esfuerzo salir adelante con un corazón hecho pedazos, con la sensación de haber sido utilizadas y manipuladas. Todo esto genera un gran malestar que es muy lógico sentir, ya que el amor nos traicionó y nos provocó una gran desilusión.
Después de que todo pasa y podemos ver la situación desde la distancia, nos damos cuenta que seguramente era inevitable que esto ocurriera, pues los indicios se hacen evidentes. Seguir apostando al amor se transforma en un mito en este momento, nos resulta inconcebible creer que exista alguien que no nos lastime, pues desde nuestros ojos son todos iguales. Esto es una generalización que invocamos para evitar que nos lastimen, ya que si todos son iguales será común que alguien nos lastime, y si eso sucede el dolor será mucho más soportable.
El inconsciente guarda muchas vivencias que conscientemente no podemos recordar, esta es otra herramienta que utilizamos para negarnos a sentir el amor. Un amor que está tan guardado en nuestro interior que nos resulta imposible reconocer los síntomas y esto hace más llevadera cualquier nueva relación, pues la anulamos antes de brindarle una oportunidad.
No es fácil volver a creer en el amor cuando sólo nos trae tristes recuerdos, pero esto es parte de la vida que aunque dolorosa es una nueva experiencia en nuestra larga lista de vivencias.
El tiempo en estos casos es el único camino, dejar correr el tiempo que todo lo cura o al menos disminuye bastante la tristeza.
No generalizar, pues aunque nos pese no es verdad que todos son iguales, y no con todos entablamos la misma relación.
Volver a confiar en nosotras mismas, pues de los errores también se aprende y es mejor apostar a salir favorecidas con la experiencia.
Y seguir apostando al amor, que nunca deja de darnos agradables sorpresas, siempre tomando la precaución de no buscarlo donde es seguro que no lo encontraremos.
Volver a empezar

Cuando una etapa termina es porque ya se agotaron todos los recursos. Todo en esta vida tiene principio y fin, entonces que sentido tiene el tratar inútilmente de congelar los momentos y seguir eternamente con los mismos proyectos?
Volver a empezar es una nueva oportunidad de probar nuestras fuerzas y desafiar el aburrimiento que produce insistir con un tramo de nuestra vida que ya no da para más. En todos los ámbitos de nuestra vida ya sea sentimental, laboral o un proyecto personal, siempre es mejor apostar por nuevos comienzos cuando la situación se estanca y aburre, y ya no nos motiva a vivir con alegría.
Las oportunidades se presentan cuando comenzamos a necesitar otra vida, un cambio de energía, una nueva ilusión que sirva de motor para comenzar a creer de nuevo en nosotros mismos y en nuestras capacidades.
Avanzar muchas veces significa despojar de nuestro camino aquello que nos incomoda, nos mantiene inmóviles, terminar con todo lo que nos pone trabas, que es en definitiva lo mismo que nos agota y nos pone triste. Pues empezar de nuevo es una manera de confirmar que seguimos creyendo en nuestra esencia, en la individualidad de nuestro ser.
Sin esperanzas no existe el futuro, y si no empezamos de nuevo cuando la situación lo exige quedaremos inmortalizados en un pasado que ya no nos motiva, y torna nuestra existencia triste y sombría.
Artículos Anteriores
Bienvenidos a Historias.biz
El Blog sobre el análisis cotidiano de la realidad, con un toque de poesía para la esperanza. Noticias y novedades de nuestra sociedad, problemas reales de la gente de a pie. Artículos de opinión sobre las necesidades y soluciones de la sociedad en que vivimos. Pasa y disfruta con nosotros.


Comentaristas más activos