Cuando la venganza se vuelve misericordia

A nuestro alrededor vemos personas que tienen comportamientos extraños, un modo de vida que objetivamente está fuera de las normas comunes: una vecina que se prostituye, un primo que acaba de ingresar en prisión, o un hijo que se droga.
En estos casos, tenemos en seguida la impresión de que toda la vida, toda la historia de la persona se resume en lo que no nos gusta de ella. Ya deja de ser un familiar, o un primo, o nuestro padre, para ser “aquel que está en la cárcel”. A la menor ocasión, ante el mÃnimo conflicto ya sabemos la reacción de la gente: “de ese, qué se podÃa esperar”.
Existen otras situaciones, más corrientes, en las que reaccionamos de la misma manera. Eso ocurre cuando podemos reprender a alguien por algún aspecto de su conducta. “Ese bebe más de la cuenta, aquel está divorciado, aquellos dos son homosexuales y viven juntos…”. Los que han pasado por estas pruebas, saben bien que en pocos dÃas se pueden perder a los amigos, que las invitaciones se anulan, y se instala el vacÃo alrededor de nosotros.
Todo esto se fundamenta en los mismos mecanismos: creemos conocer a las personas cuando las hemos podido encasillar en lo que han hecho o en lo que hacen. Y sin embargo, ¿qué sabemos nosotros de lo que han hecho? ¿Qué sabemos del porqué de su comportamiento? ¿Qué podemos imaginarnos de los sufrimientos por los que han tenido que pasar?
Cuando se comete una falta, se pueden experimentar dos clases de sentimientos que no debemos confundir: la vergüenza y la culpabilidad.
La culpabilidad es el sentimiento por haber cometido una falta moral, por haber actuado “fuera de la ley” moral. Uno se siente culpable de haber hecho lo que no se puede hacer. La culpabilidad exige una referencia a otro, diferente de uno mismo, pero sobre todo, a la ley moral: la referencia de lo que está bien o está mal. Uno se siente culpable ante las expectativas de los demás, o por no haber sabido hacer lo que ellos esperaban de nosotros.
La culpabilidad se sitúa, pues, a un nivel moral, pero la vergüenza, a un nivel menos elevado. La culpabilidad exige una referencia a la ley, a lo que está bien o está mal para todo el mundo; la vergüenza se construye sobre lo que yo considero como un bien para mÃ, o como un mal para mà o para mi imagen. La culpabilidad es cosa del otro; la vergüenza sólo me concierne a mÃ.
La misericordia nos lleva a hacernos, casi fÃsicamente, cargo del corazón del prójimo. Se trata de compartir la alegrÃa y la felicidad, para sentir con el otro su dolor y su sufrimiento. Éste es el camino para el perdón, ésta es la única puerta hacia el amor.
Existen situaciones en las que hablar de perdón parece extraño: ¿Cómo se puede perdonar a aquel que acaba de cometer un crimen? ¿Cómo se puede perdonar al cónyuge que acaba de romper su compromiso de fidelidad?
Cuando alguien comete una falta que nos hace sufrir, no estamos dispuestos a perdonarle y consideramos una traición cualquier propuesta de comprensión. En esos momentos uno tiene ganas de decir: “no quiero saber nada de él”. Intentar comprender serÃa acercarse a aquel que me ha hecho daño, serÃa como empezar de nuevo.
Es verdad que a veces tenemos la impresión de que los que buscan la comprensión desean una forma de complicidad con el mal, porque encuentran explicación y justificación para todo: “realmente no es culpa suya, mirad lo mucho que sufrió durante su infancia, mirad lo desgraciado que es”. Esta cercanÃa con el culpable puede darnos la impresión de que nada tiene importancia, de que todo es excusable, mientras exista una razón.
Pero, cuando uno mismo es la vÃctima, deseamos que la falta sea llamada por su nombre, y que sea reconocida como tal, o lo que es lo mismo: que se haga justicia. Pedir que se haga justicia, no es tanto pedir venganza, cuanto que haya una reparación de la falta y un reconocimiento del daño causado, y eso es una exigencia ética para todo ser humano.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: culpa, justicia, misericordia, moral, perdón, Reflexiones, Sentimientos

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