Saber escuchar

Cuando la palabra se queda vacÃa de contenido porque importa más el decir que el qué decir, las voces de los otros se convierten en ruidos amorfos que no se sabe ni de dónde vienen ni a dónde van.
El miedo a la incomunicación es comparable a la experiencia del abismo, donde el vacÃo que se abre debajo de los pies o nos empuja a tirarnos hacia delante, o a salir huyendo porque la profundidad y la sensación de perder pie se hace insoportable.
El silencio asusta. No sabemos quedarnos callados. Las palabras sin sentido son el refugio natural de los que no saben estar solos y no saben escuchar, porque lo que verdaderamente les importa es hablar y hablar sin cesar hasta volverse tan cansinos que no hay Dios que les aguante.
Saber callarse a tiempo es cosa de sabios. Ese el primer paso para aprender a escuchar. Quien no sabe vivir en soledad no sabe vivir en sociedad. Antes de la comunicación existe la virtud del silencio -que también es comunicación- y después la escucha que es la disposición interior necesaria para ponerse a tiro de los demás.
La palabra es tan gratuita que no debe imponerse, se reclama en el encuentro amoroso -sea del tipo que sea- de dos libertades que se encuentran en el regalo de la donación generosa. A veces el silencio es el dolor del respeto por aquel que se atribuye el derecho a irrumpir sin permiso en el espacio vital de la independencia individual.
Cuando la comunicación se ofrece como el desacato violento del que huye de sus propios miedos al rechazo o la incomprensión, sus palabras se manifiestan vacÃas de contenido y sordas como el ruido de tambores de guerra que procede de la lejanÃa.
La palabra es un gesto de entrega que le es arrancado al hombre por su interlocutor, que lo solicita después de haberse hecho débil. Cuando uno se muestra en verdad, libre ante quien desea escucharle, abriendo su corazón porque se ofrece en cada palabra que sale de su boca, entonces la comunicación se despliega generosa, en toda su belleza para acercar dos almas que se buscan en una sola voz.
No soy yo, ni eres tú; no es mi palabra frente a la tuya; son nuestras voces engarzadas en una misma melodÃa multicolor que se convierte en armonÃa sinfónica, donde todos los matices son bienvenidos, y los cambios de ritmo acompasan cada respiración para la escucha y la asimilación amable del contenido que se está transmitiendo polifónicamente.
Añoro los tiempos pasados escuchando a los viejos de cualquier rincón del mundo. Detrás de cada una de sus palabras se transparenta la autoridad moral de quien habla de lo que conoce porque lo ha vivido, y su experiencia ha sido contrastada por el paso de los años. No habla mejor, ni comunica más quien más sabe o ha estudiado. No es el flujo de los datos aprendidos lo que dota de mayor empaque la comunicación que se establece con un semejante. El crisol del dolor, del fracaso, del sufrimiento purifica cada palabra que nace del corazón de aquel que tiene algo que decir, porque en sus ojos se puede ver la dulzura de la belleza que los años han ido fraguando en su interior.
Me gusta escuchar a los viejos, me gusta hablar con ellos, me gusta sentirme querido por la calidad y la calidez de una palabra autorizada que es capaz de configurar una comunicación en verdad, sellada por quien no se oculta tras el vacÃo de la verborrea ensordecedora, vacÃa de toda experiencia auténtica de la vida y que no tiene mayor interés que la de huir del sinsentido de su propia soledad y del miedo al aislamiento.
Pero, quien no ha sabido callarse a tiempo para aprender a escuchar la voz de su corazón, tampoco ha sabido vivir fijándose en los demás, aunque tuvieran algo que decirle.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: comunicacion, dialogo, escucha, libertad, miedo, palabra, silencio, sociedad

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