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Experiencia Estética

 Arte, experiencia, estética, vida

             Continuando con preguntas y reflexiones un tanto trascendentes, la siguiente la disparó de alguna manera un profesor de la facultad. Resulta que estaba en clase de “Metodología de la investigación literaria”, el profesor intentaba llegar a una definición de lo que es el arte y la literatura. Tarea que me resulta en el fondo inútil, ya que se tratan de realidades intuitivas incapaces de ser definidas, sin embargo vale el esfuerzo intelectual de intentarlo y cuando se está trabajando desde la crítica académica es necesario llegar a una definición, aún a sabiendas de que es equivocada o incompleta.

            El profesor citaba y discutía con las conclusiones de diversos pensadores que han tratado sobre el tema, también aportaba sus reflexiones personales al respecto, ya que se trata de unos de los docentes más respetados de la facultad y ha reflexionado mucho al respecto. No recuerdo como era el hilo de su argumentación, ni a que venía lo que dijo, pero me quedó grabada la siguiente afirmación: “Experiencia estética, una verdadera experiencia estética de las que nos hace cambiar todas nuestras concepción de la vida, el arte y el ser humano, tenemos pocas veces en la vida. Al menos yo, no pude evitar cuestionarme sí realmente tuve una experiencia de esas y cuantas fueron.

             Tengo mis candidatos, la primera vez que escuché “Machine Head” de Deep Purple, sentí que la música se había sacado un rígido corsé y que ahora podía realizar unos movimientos de caderas extremadamente seductores. Una profesora de literatura de tercer año de secundaria, leyendo “La Gallina Degollada” de Horacio Quiroga que me erizó la piel y pensar que cuando lo había leído en mi casa, me había resultado un cuento divertido. Cuando escuché “Nothing Else Matters” el clásico tema de Metallica interpretado con cuatro violoncelos, comprendí que la buena música no tiene limitaciones de estilos. La profesora de literatura inglesa, leyendo el final de “Ulisses” de James Joyce, fue como si las palabras dejaran de significar cosas para ser sensaciones y sensualidad en su forma más pura. La misma profesora cuando leyó un fragmento de “Finnegan’s Wake” del mismo autor y darme cuenta que no entendía nada del texto ya que estaba en un inglés un tanto anticuado y retorcido, pero a la vez comprendía porque las palabras tenían una musicalidad y ritmo tal que te llegaba la esencia del escrito.

             Quizás una experiencia de este tipo sea como estar enamorado, que uno cree haber estado enamorado un montón de veces hasta que uno se enamora realmente y descubre lo que es el amor. Pero hasta donde he vivido, estás fueron las experiencias estéticas más fuertes que recuerdo, quisiera invitar a los lectores a que compartan las suyas.

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El amor por encima de todo

soledad

 

Tiene en sus ojos la mirada de un niño. Piensa como un niño, ríe como un niño, llora como un niño…, pero no es un niño. Ya casi no se mueve, no reconoce a su mujer, ni a sus hijos, ni a sus amigos. Hay que hacerle todo, hasta las funciones más elementales como darle de comer o el aseo personal. Leer más »

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Nuestros mayores se mueren solos

vejez, soledad, mayores, anciano

Hace ya un tiempo que me vengo fijando en las noticias que dan los medios de comunicación sobre los hallazgos de cadáveres de personas mayores -viejos, diría yo, que no es una palabra que me repugne como dice un sector amplio de la sociedad que pretende esconder esta realidad natural, como si no formara parte de la misma vida- y cuyos indicios señalan que han muerto en la más absoluta y despreciables de las soledades.

Los hijos no se hablan con sus padres, los padres no se hablan con sus hijos, los hermanos no se hablan entre ellos, y el dolor que se va originando en el corazón de las personas termina por hacer de ellos unos seres individualistas, reservados y amantes del ostracismo hasta límites insospechados. Las rarezas de los viejos se manifiesta muy a menudo en la falta de comunicación con sus propios vecinos de piso, o del bloque en el que viven.

La gente no sabe si quiera quién vive en el cuarto o en el sexto, y las reuniones de comunidad se convierten en pequeñas tertulias para unos pocos interesados en que la cuota mensual no suba más de la cuenta. Pero, en esos espacios -donde no sólo se deberían tratar los asuntos económicos y de logística, o la conveniencia de instalar el riego automático en los jardines, o contratar más días a la mujer que limpia las escaleras, o fijar la hora más apropiada para depositar la basura en los contenedores que el Ayuntamiento, tan amablemente, ha colocado a las puertas del portal de la casa para el reciclaje de los desperdicios orgánicos y de los que no lo son-, jamás se plantean los temas relacionados con la calidad de vida de los vecinos que comparten unas mismas instalaciones, ni de cuáles son sus necesidades para hacerles la vida más fácil y agradable. Después vienen las sorpresas, y la policía entra en la vivienda del tercero “B” porque el olor que se desprende por el patio interior es insufrible.

—“La verdad es que hacía ya varias semanas que no veía a la señora de enfrente”, —comenta la vecina del tercero “A” con la que jamás intercambió una sola palabra desde que se mudó al apartamento, salvo el día en que le dijo que cuando friera pescado, hiciera el favor de cerrar la ventana del patio porque los olores se le colaban en el salón.

La policía pregunta al resto de los vecinos por si alguien puede darle algún detalle más sobre la fallecida. Nadie es capaz de decir algo con fundamento, sino que alguna vez habían coincidido con ella en el ascensor, pero que la única palabra que entonces intercambiaron fue un “buenos días y un hasta luego”.

Nadie conocía su nombre de pila, salvo el cartero que cuando llegaba algún paquete pesado de Galicia, donde viven sus tres hijos casados, se lo subía para que no tuviera que cargar con él.

—“¿Y los hijos, solían venir a verla?” —pregunta el policía encargado de hacer el levantamiento del cadáver que lleva más de tres semanas descomponiéndose sobre la alfombra de la salita de estar.

—“Creo que en Nochebuena solían venir todos por aquí, pero para el día de Navidad volvían a desaparecer todos sin dejar rastro hasta el año siguiente”, —responde la mujer del portero que es la única de todo el edificio que trae y lleva los chismes de la comunidad, pero no por interés solidario, sino por puro cotilleo porque con su marido se aburre en casa.

Después de un rato de pesquisas, el policía encargado de la investigación confirma que la señora María, -como así la conocían en la parroquia- era de comunión diaria y no faltaba ni un solo día para el rezo del rosario. Sin embargo, desde hace tres semanas, cuando su vida se fue con toda la discreción del mundo, sin hacer ruido y sumida en la más punzante soledad, ni el párroco, ni el equipo de acción social, ni los visitadores de enfermos del grupo de Caritas se han dignado llamarla por teléfono o acercarse a su casa para ver si le ocurría algo.

Eso sí, en ese tiempo de ausencia, el párroco no se ha olvidado de dejarle en su buzón el recibo del mes para el pago de la cuota con la que la señora María estaba inscrita para ayudar a las necesidades del templo y al mantenimiento de los sacerdotes.

Ciertamente, el gran mal de nuestro tiempo es la soledad y la falta de comunicación, y ¡qué poco dinero cuesta eso! No hace falta mucha inversión, pero eso ya parece ser que es demasiado.

Si la comunicación estuviera en venta y diera dividendos a finales de año, el problema de la soledad de los mayores estaría solucionado. Propongo ponerle un precio al amor y a todos los demás sentimientos, quizás entonces las cosas serían de otra manera en este mundo que nos hemos montado donde todo tiene un precio y el tiempo no se puede perder en nada que no reporte beneficios.

Fausto Antonio Ramírez

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Saber escuchar

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Cuando la palabra se queda vacía de contenido porque importa más el decir que el qué decir, las voces de los otros se convierten en ruidos amorfos que no se sabe ni de dónde vienen ni a dónde van.

El miedo a la incomunicación es comparable a la experiencia del abismo, donde el vacío que se abre debajo de los pies o nos empuja a tirarnos hacia delante, o a salir huyendo porque la profundidad y la sensación de perder pie se hace insoportable.

El silencio asusta. No sabemos quedarnos callados. Las palabras sin sentido son el refugio natural de los que no saben estar solos y no saben escuchar, porque lo que verdaderamente les importa es hablar y hablar sin cesar hasta volverse tan cansinos que no hay Dios que les aguante.

Saber callarse a tiempo es cosa de sabios. Ese el primer paso para aprender a escuchar. Quien no sabe vivir en soledad no sabe vivir en sociedad. Antes de la comunicación existe la virtud del silencio -que también es comunicación- y después la escucha que es la disposición interior necesaria para ponerse a tiro de los demás.

La palabra es tan gratuita que no debe imponerse, se reclama en el encuentro amoroso -sea del tipo que sea- de dos libertades que se encuentran en el regalo de la donación generosa. A veces el silencio es el dolor del respeto por aquel que se atribuye el derecho a irrumpir sin permiso en el espacio vital de la independencia individual.

Cuando la comunicación se ofrece como el desacato violento del que huye de sus propios miedos al rechazo o la incomprensión, sus palabras se manifiestan vacías de contenido y sordas como el ruido de tambores de guerra que procede de la lejanía.

La palabra es un gesto de entrega que le es arrancado al hombre por su interlocutor, que lo solicita después de haberse hecho débil. Cuando uno se muestra en verdad, libre ante quien desea escucharle, abriendo su corazón porque se ofrece en cada palabra que sale de su boca, entonces la comunicación se despliega generosa, en toda su belleza para acercar dos almas que se buscan en una sola voz.

No soy yo, ni eres tú; no es mi palabra frente a la tuya; son nuestras voces engarzadas en una misma melodía multicolor que se convierte en armonía sinfónica, donde todos los matices son bienvenidos, y los cambios de ritmo acompasan cada respiración para la escucha y la asimilación amable del contenido que se está transmitiendo polifónicamente.

Añoro los tiempos pasados escuchando a los viejos de cualquier rincón del mundo. Detrás de cada una de sus palabras se transparenta la autoridad moral de quien habla de lo que conoce porque lo ha vivido, y su experiencia ha sido contrastada por el paso de los años. No habla mejor, ni comunica más quien más sabe o ha estudiado. No es el flujo de los datos aprendidos lo que dota de mayor empaque la comunicación que se establece con un semejante. El crisol del dolor, del fracaso, del sufrimiento purifica cada palabra que nace del corazón de aquel que tiene algo que decir, porque en sus ojos se puede ver la dulzura de la belleza que los años han ido fraguando en su interior.

Me gusta escuchar a los viejos, me gusta hablar con ellos, me gusta sentirme querido por la calidad y la calidez de una palabra autorizada que es capaz de configurar una comunicación en verdad, sellada por quien no se oculta tras el vacío de la verborrea ensordecedora, vacía de toda experiencia auténtica de la vida y que no tiene mayor interés que la de huir del sinsentido de su propia soledad y del miedo al aislamiento.

Pero, quien no ha sabido callarse a tiempo para aprender a escuchar la voz de su corazón, tampoco ha sabido vivir fijándose en los demás, aunque tuvieran algo que decirle.

Fausto Antonio Ramírez

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