
Todos guardamos, en lo más profundo de nuestro corazón, un espacio de privacidad e intimidad inviolable que me atrevo a llamar “jardín secreto”.
Es un “jardín” porque, sin dejar de formar parte de la totalidad de todo aquello que configura al hombre como persona, se mantiene en un lugar apartado, al abrigo del dolor y las amenazas físicas y morales a las que están expuestas las demás partes de la personalidad.
Es “secreto” porque nadie, sin previo consentimiento, puede entrar, o mejor todavía, porque nadie que la persona no haya decidido tiene derecho a usurparlo, mancillarlo o violarlo. Es secreto porque su contenido concierne exclusivamente a la persona que lo posee y a aquel a quien cada cual decide revelárselo.
El jardín secreto es la parte de la intimidad del individuo mucho más íntima que cualquier otra parcela de su ser. Es en ese lugar recóndito donde se guarda la clave de comprensión última de lo que cada individuo es desnudamente, sin parapetos, ni apariencias sociales; sin máscaras falaces, ni maquillaje para un trampantojo construido para esconder la esencia de la verdad inalienable de cada hombre o mujer que vive en sociedad. En el jardín secreto está la esencia de la verdad de cada ser que sólo él mismo y Dios conocen a la perfección.
Ni la mayor expresión de intimidad humana es capaz de colmar el vacío de soledad que todos llevamos como pegado a la piel y que siempre salta a la luz cuando el hombre se encuentra consigo mismo en un ejercicio de autenticidad valiente y vulnerabilidad completa.
Este lugar, por mucho que se le quiera acallar, tarde o temprano salta a la propia conciencia, advirtiendo que toda huída hacia delante no es más que una vana quimera de la que no se puede jamás escapar, porque martillea inesperadamente cuando se piensa que la soledad ha sido colmada por alguien que pensamos nos ha traído la felicidad perfecta.
Ni tan siquiera la mejor intimidad con la que cada uno comparte su vida puede saciar el vacío que deja el rechazo a entrar, alguna vez, en ese espacio escondido que nadie más conoce.
Al abrir las puertas del jardín, el aire fresco de la vida lo invade todo, ahuyentando los fantasmas del miedo a defraudar a los demás, por mostrar la individual debilidad sobre la que se construye la propia vida.
Las expresiones de la huída, antes que encararse con lo que se esconde en el jardín secreto de la intimidad, se construyen normalmente bajo la forma de la infidelidad. Las razones en las que el hombre se atrinchera para romper la fidelidad a la persona que ama vienen originadas por la búsqueda, jamás colmada, de llenar el vacío de soledad con lo nuevo y desconocido, pensando falsamente que allí estará la clave para acallar la voz del hueco con la que permanentemente nos asalta una experiencia de abismo mortal.
El deseo de encuentro con otra intimidad, diferente a la persona que amamos, pensando que allí estará la plenitud de sentido de la vida, no es más que la lucha por experimentar lo que sólo Dios puede satisfacer plenamente.
En el jardín secreto se halla la presencia silenciosa del Dios de la vida que reconoce lo que somos en verdad y escondemos para los demás, pero que Él acepta, comprende, perdona y transforma para hacernos tocar su corazón. ¿Por qué seguir buscando fuera lo que ninguna otra intimidad humana es capaz de dar al hombre? ¿Por qué seguir huyendo de entrar en el jardín de nuestra vida, donde podemos descifrar las claves que dotan de sentido toda nuestra existencia?
Las mejores decisiones de nuestra vida no deberían estar motivadas por no poder aceptar el enfrentamiento, cara a cara, con esa experiencia inherente a todo hombre que es la soledad. Aprender a convivir con ese vacío es poder mantenerse fiel a nuestras opciones, para dejar de buscar fuera lo que nadie, salvo Dios, puede colmar plenamente, aunque no reconforte de la misma manera a como lo hace el abrazo del hombre o la mujer que están fuera de nuestro jardín.
Fausto Antonio Ramírez
Tags: afecto, amor, deseo, Dios, existencia, intimidad, jardin, libertad, profundidad, Reflexiones, respeto, secreto, sentimiento, silencioComparte este artículo
Comentaristas más activos