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Perdida Reflexión En La Madrugada

         Hoy quisiera hablar de tal forma de no interrumpir el silencio, escribir continuando la página en blanco. Que mis letras sean la continuación naturales de los espacios vacíos que otros dejaron tras de mí. Sentir que soy parte de una armonía que me trasciende. Sólo cuando escribimos en la tonalidad del silencio, hacemos arte de nuestras palabras.

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El duelo después de la muerte

muerte

Ante la pérdida de algún ser querido, todo el mundo sufre la experiencia de la desesperación y de la indefensión. ¿Qué podemos decir a alguien que acaba de perder a su esposo, o a su hijo, o a su padre? Las palabras resultan vacías de contenido, como inoportunas y a veces desacertadas.

Por eso, lo mejor es callarse, y evitar la confrontación con aquel que lo está padeciendo. En nuestra sociedad moderna, hemos terminado por perder casi todo tipo de proximidad con la muerte y las personas que están de duelo. Antiguamente, era más corriente acompañar a las personas que vivían el dolor por la ausencia de alguien querido.

En contra partida, preferimos huir de aquellos que se sienten asolados por la muerte del familiar que están llorando. Sin embargo, no podemos olvidar que los que están de duelo tienen una enorme necesidad de sentirnos cerca de ellos. No se puede hacer la experiencia del dolor en soledad. Si además de la pérdida de un ser amado, privamos a los demás de nuestra palabra, el dolor es doblemente insoportable.

Lo que ayuda, en el tiempo que dura el duelo, es sentir que alrededor de uno se teje un mundo de relaciones de apoyo de calidad sobre el que poder descansar. Este apoyo de calidad se fundamenta en su capacidad para estar presente y ser capaz de comprender el sufrimiento que se padece. El aislamiento agudiza aún más la dificultad del necesario duelo que nadie puede sustituir y por el que todos tienen que pasar en algún momento de su vida.

Casi siempre, los gestos son más importantes que las palabras. Cuando no sabe qué decir para consolar a la persona que acaba de perder a un ser querido, si las palabras no brotan espontáneas, mejor es callarse y mostrar la cercanía con un gesto, una mirada, un roce de complicidad. No se debe tener miedo a la hora de tocar a la persona que sufre, porque necesita notar nuestro calor.

Algunas veces, por pudor o por no meter el cuchillo en la herida, evitamos hablar del difunto, privándonos de transmitir lo bonito y lo feliz que ha sido esa persona que se ha marchado para nosotros. Nuestras palabras de recuerdo ayudan a que su familia pueda anclar al difunto en su corazón, para no perderlo jamás.

Fausto Antonio Ramírez

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Dolor de hombre

dolor

No existe mayor soledad e ensimismamiento que la experiencia del dolor, bien sea moral o físico, aunque también es cierto que el dolor moral tiene muchas más ramificaciones hacia el otro que aquel que se padece en la carne de una frágil corporalidad.

El dolor físico nos aísla del mundo, nos arrebata al exilio de la soledad y a la falta de comunicación, por ser personal e intransferible. Nadie se puede poner en el lugar del otro, cuando el dolor asola la finitud del hombre, apartándolo de todo aquello que lo rodea.

El dolor se padece a solas, sin dar explicaciones que nos puedan poner en la misma tesitura experimental de los demás, por mucho que estos quieran acercarse, física o espiritualmente al enfermo. En el dolor, el hombre se halla expuesto a sus propias fuerzas y vulnerabilidad, sin más posibilidades que luchar contra él con paliativos, analgésicos y entereza de corazón.

Es una batalla a brazo partido con el enemigo que se persona carcomiendo la salud natural del individuo. Si la medicina acierta, la batalla se puede ganar, aunque no por ello la guerra completa de toda una vida.

Por un tiempo, el hombre se cree vencedor de algo, pero en realidad sólo ha sido la experiencia de una vana victoria, en un primer envite transitorio, y que todavía no ha dicho su última palabra.

El problema está en que todos sabemos, por naturaleza, que al final la victoria se la llevará el más fuerte, y sin lugar a dudas en la muerte se declara el nombre del vencido.

No obstante, convivir a diario con el dolor, bien crónico o transitorio, se ha convertido, desde el nacimiento, en la obligada compañía que todo hombre asume en su propia existencia.

No podemos huir de sus garras punzantes, y cuando llega, lo hace sin avisar, abatiendo los intereses y preocupaciones que hasta ese momento configuraban la atención de esa persona.

No se trata de entregarse al dolor con actitud de rendición. Pero, tampoco se trata de resistirse a él como si no fuera una realidad estructural de la condición humana. El dolor tiene un límite, un umbral más allá del cual ya no se puede sufrir más. Los grados del dolor son mesurables, y cuando se ha alcanzado su punto más álgido, de ahí no se pasa.

Ciertamente, el dolor es muy fuerte, pero limitado a los niveles de percepción que el cuerpo le puede ofrecer. Conocer esto, facilita la asunción de su incómoda estancia en la humanidad de cada cual. Al dolor, así entendido, se le puede convertir en el huésped impertinente y caprichoso, que entra cuando quiere y se marcha cuando menos se lo espera uno.

El dolor no se puede hacer el dueño y señor del centro de la vida del paciente. Aunque intente monopolizarlo por entero, procurando aislarlo del mundo y de los demás, la serenidad que provoca la soledad interior del que lo padece, puede ayudar a colocarlo en su sitio, sin otorgarle ni un ápice de más del lugar que le corresponde desde su trasgresión.

La mal comprendida resignación cristiana ha querido presentarlo como la mediación para alcanzar la virtud. Sin embargo, como la propia palabra dice, Re-Signar es darle otro significado diferente a como su manifestación pretende imponer. La nueva significación del dolor pasa por la comprensión de su limitación, por muy dañina que esta sea.

El dolor tiene un comienzo y un fin, al igual que tiene un límite de intensidad, más allá del cual ya no puede hacer más daño. Al dolor se le puede acoger, aprender a convivir con él, y por último escapar de él con la ayuda de remedios caseros o clínicos que están para eso.

Mientras dura su estancia, el silencio de los demás es obligado. No se puede sufrir en lugar del otro, por eso es mejor callar que aturdir con consuelos imposibles lo que no se puede compartir desde fuera.

El respeto de aquellos que han sido seccionados temporalmente por el sufriente, debe ser la actitud del que entiende que la soledad del doliente es una mediación necesaria para superar la prueba del crisol.

Pero, por otro lado, procurar tender puentes con el mundo y los demás, impidiendo que el ostracismo impuesto se apodere del espíritu y de la inteligencia del que sufre, es una buena medicina para no perder el dominio de lo transitorio, aunque aparentemente parezca que se ha convertido en la loca de la casa.

Fausto Antonio Ramírez

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El silencio atormentado

silencio

Sus palabras eran un torrente de verborrea desbocada, de sonidos encadenados entre sí, sin orden ni concierto. Así llevaba un buen rato que se me hizo infinito. Ni si quiera dejaba el lapso de tiempo suficiente para tomar aire y permitir que los oyentes dejaran decantarse los posos de sus verbos.

Sus ideas llegaban a mis oídos como perdigones encendidos, martilleando la calma de mi corazón que había llegado con la buena disposición de dejarse inundar por la sabiduría de quien creía rezumaba más sabiduría que cualquiera de los que estábamos allí para escucharle.

Al final de su intervención, se calló por fin, con una pregunta que quedó suspendida en el aire un buen momento: “¿Quieren plantear alguna cuestión?”

Nadie habló. Nadie se movió de su asiento. No se oía nada en aquella enorme sala. Todos enmudecían, dejando que el silencio irrumpiera más libre a como el conferenciante lo había estado tratando durante su discurso.

Todos los presentes buscábamos el vacío que la palabra descompuesta nos había arrebatado. Por fin la calma se manifestaba, serena y apacible. No hubo ni una sola pregunta. Sin hacer ruido y con exquisita discreción, los oyentes fueron dejando libres sus asientos hasta que sólo hubo silencio, mucho silencio…

El acceso a la información forma parte de la rutina de cualquier hombre que esté inmerso en el mundo moderno. Este potencial, que posibilita la unión de pueblos, ciudades y países en tiempo real, ha venido acompañado de muchas de las más dramáticas consecuencias que están minando la interioridad del ser humano, como son la pérdida de profundidad en la reflexión, las prisas por acapararlo todo en el menor tiempo posible, y por supuesto la falta de silencio, que es la clave esencial para comprender la superficialidad a la que nos hemos acostumbrado a vivir.

Sin silencio, exterior e interior, no es posible el encuentro sincero, veraz y valiente con uno mismo, y sin eso la vida nos resbala por la piel como la lluvia torrencial que moja pero no empapa la tierra, y no hace sino provocar estragos irreparables para el hombre y la propia naturaleza.

En el silencio la palabra puede ser pronunciada con autoridad, y escuchada con serenidad. El silencio es el lenguaje de los grandes maestros de todos los tiempos de la espiritualidad universal, y necesitamos que vuelva a recuperar el lugar que le hemos arrebatado para reemplazarlo por el flujo inmisericorde de palabras vacías, y a menudo mal sonantes, que no han hecho sino embotar el espíritu del hombre interior.

En cada silencio existe una manifestación de la verdad que nos rompe por dentro, posibilitando que surja la secreta humanidad que configura la autenticidad de cada persona. Saber callarse a tiempo es cosa de hombres libres, que no temen a la verdad, porque las palabras disfrazan engaños y mentiras artificiales.

La cultura moderna nos tiene demasiado acostumbrados a la comunicación verbal, escrita u oral, marginando por desgracia el lenguaje callado de los símbolos, de los gestos y las miradas.

Los grandes profetas de Israel, cuando quisieron dejar constancia de sus visiones y denuncias, tuvieron gestos que fueron mucho más elocuentes que los discursos engañosos de los reyes y sacerdotes a los que criticaban con dureza.

En sus gestos se transparentaba una verdad que ha traspasado los siglos y siguen siendo tan actuales a como en su día interpelaron la conciencia de todo un pueblo.

Por desgracia, el único silencio del que nadie puede desmarcarse y que admitimos por la fuerza de la ley natural es el de la muerte. Ante la muerte, todos callamos, y no sólo porque el cuerpo ha perdido su alma, sino porque la herida del dolor nos hace enmudecer a todos los que sentimos el vacío de alguien muy querido.

Pero, qué patéticas suenan las palabras del pésame que, reclamando tan sólo los gestos y el silencio de los vivos, tienen la osadía de atenuar el dolor con discursos baratos que no hacen sino ensordecer aún más la herida de la ausencia.

Con razón, de algunas personas decimos que no se callan ni debajo de la tierra. La muerte nos impone el silencio definitivo, pero esta lección algunos hombres no se la han aprendido todavía.

Fausto Antonio Ramírez

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Nuestros mayores se mueren solos

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Hace ya un tiempo que me vengo fijando en las noticias que dan los medios de comunicación sobre los hallazgos de cadáveres de personas mayores -viejos, diría yo, que no es una palabra que me repugne como dice un sector amplio de la sociedad que pretende esconder esta realidad natural, como si no formara parte de la misma vida- y cuyos indicios señalan que han muerto en la más absoluta y despreciables de las soledades.

Los hijos no se hablan con sus padres, los padres no se hablan con sus hijos, los hermanos no se hablan entre ellos, y el dolor que se va originando en el corazón de las personas termina por hacer de ellos unos seres individualistas, reservados y amantes del ostracismo hasta límites insospechados. Las rarezas de los viejos se manifiesta muy a menudo en la falta de comunicación con sus propios vecinos de piso, o del bloque en el que viven.

La gente no sabe si quiera quién vive en el cuarto o en el sexto, y las reuniones de comunidad se convierten en pequeñas tertulias para unos pocos interesados en que la cuota mensual no suba más de la cuenta. Pero, en esos espacios -donde no sólo se deberían tratar los asuntos económicos y de logística, o la conveniencia de instalar el riego automático en los jardines, o contratar más días a la mujer que limpia las escaleras, o fijar la hora más apropiada para depositar la basura en los contenedores que el Ayuntamiento, tan amablemente, ha colocado a las puertas del portal de la casa para el reciclaje de los desperdicios orgánicos y de los que no lo son-, jamás se plantean los temas relacionados con la calidad de vida de los vecinos que comparten unas mismas instalaciones, ni de cuáles son sus necesidades para hacerles la vida más fácil y agradable. Después vienen las sorpresas, y la policía entra en la vivienda del tercero “B” porque el olor que se desprende por el patio interior es insufrible.

—“La verdad es que hacía ya varias semanas que no veía a la señora de enfrente”, —comenta la vecina del tercero “A” con la que jamás intercambió una sola palabra desde que se mudó al apartamento, salvo el día en que le dijo que cuando friera pescado, hiciera el favor de cerrar la ventana del patio porque los olores se le colaban en el salón.

La policía pregunta al resto de los vecinos por si alguien puede darle algún detalle más sobre la fallecida. Nadie es capaz de decir algo con fundamento, sino que alguna vez habían coincidido con ella en el ascensor, pero que la única palabra que entonces intercambiaron fue un “buenos días y un hasta luego”.

Nadie conocía su nombre de pila, salvo el cartero que cuando llegaba algún paquete pesado de Galicia, donde viven sus tres hijos casados, se lo subía para que no tuviera que cargar con él.

—“¿Y los hijos, solían venir a verla?” —pregunta el policía encargado de hacer el levantamiento del cadáver que lleva más de tres semanas descomponiéndose sobre la alfombra de la salita de estar.

—“Creo que en Nochebuena solían venir todos por aquí, pero para el día de Navidad volvían a desaparecer todos sin dejar rastro hasta el año siguiente”, —responde la mujer del portero que es la única de todo el edificio que trae y lleva los chismes de la comunidad, pero no por interés solidario, sino por puro cotilleo porque con su marido se aburre en casa.

Después de un rato de pesquisas, el policía encargado de la investigación confirma que la señora María, -como así la conocían en la parroquia- era de comunión diaria y no faltaba ni un solo día para el rezo del rosario. Sin embargo, desde hace tres semanas, cuando su vida se fue con toda la discreción del mundo, sin hacer ruido y sumida en la más punzante soledad, ni el párroco, ni el equipo de acción social, ni los visitadores de enfermos del grupo de Caritas se han dignado llamarla por teléfono o acercarse a su casa para ver si le ocurría algo.

Eso sí, en ese tiempo de ausencia, el párroco no se ha olvidado de dejarle en su buzón el recibo del mes para el pago de la cuota con la que la señora María estaba inscrita para ayudar a las necesidades del templo y al mantenimiento de los sacerdotes.

Ciertamente, el gran mal de nuestro tiempo es la soledad y la falta de comunicación, y ¡qué poco dinero cuesta eso! No hace falta mucha inversión, pero eso ya parece ser que es demasiado.

Si la comunicación estuviera en venta y diera dividendos a finales de año, el problema de la soledad de los mayores estaría solucionado. Propongo ponerle un precio al amor y a todos los demás sentimientos, quizás entonces las cosas serían de otra manera en este mundo que nos hemos montado donde todo tiene un precio y el tiempo no se puede perder en nada que no reporte beneficios.

Fausto Antonio Ramírez

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El jardín secreto

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Todos guardamos, en lo más profundo de nuestro corazón, un espacio de privacidad e intimidad inviolable que me atrevo a llamar “jardín secreto”.

Es un “jardín” porque, sin dejar de formar parte de la totalidad de todo aquello que configura al hombre como persona, se mantiene en un lugar apartado, al abrigo del dolor y las amenazas físicas y morales a las que están expuestas las demás partes de la personalidad.

Es “secreto” porque nadie, sin previo consentimiento, puede entrar, o mejor todavía, porque nadie que la persona no haya decidido tiene derecho a usurparlo, mancillarlo o violarlo. Es secreto porque su contenido concierne exclusivamente a la persona que lo posee y a aquel a quien cada cual decide revelárselo.

El jardín secreto es la parte de la intimidad del individuo mucho más íntima que cualquier otra parcela de su ser. Es en ese lugar recóndito donde se guarda la clave de comprensión última de lo que cada individuo es desnudamente, sin parapetos, ni apariencias sociales; sin máscaras falaces, ni maquillaje para un trampantojo construido para esconder la esencia de la verdad inalienable de cada hombre o mujer que vive en sociedad. En el jardín secreto está la esencia de la verdad de cada ser que sólo él mismo y Dios conocen a la perfección.

Ni la mayor expresión de intimidad humana es capaz de colmar el vacío de soledad que todos llevamos como pegado a la piel y que siempre salta a la luz cuando el hombre se encuentra consigo mismo en un ejercicio de autenticidad valiente y vulnerabilidad completa.

Este lugar, por mucho que se le quiera acallar, tarde o temprano salta a la propia conciencia, advirtiendo que toda huída hacia delante no es más que una vana quimera de la que no se puede jamás escapar, porque martillea inesperadamente cuando se piensa que la soledad ha sido colmada por alguien que pensamos nos ha traído la felicidad perfecta.

Ni tan siquiera la mejor intimidad con la que cada uno comparte su vida puede saciar el vacío que deja el rechazo a entrar, alguna vez, en ese espacio escondido que nadie más conoce.

Al abrir las puertas del jardín, el aire fresco de la vida lo invade todo, ahuyentando los fantasmas del miedo a defraudar a los demás, por mostrar la individual debilidad sobre la que se construye la propia vida.

Las expresiones de la huída, antes que encararse con lo que se esconde en el jardín secreto de la intimidad, se construyen normalmente bajo la forma de la infidelidad. Las razones en las que el hombre se atrinchera para romper la fidelidad a la persona que ama vienen originadas por la búsqueda, jamás colmada, de llenar el vacío de soledad con lo nuevo y desconocido, pensando falsamente que allí estará la clave para acallar la voz del hueco con la que permanentemente nos asalta una experiencia de abismo mortal.

El deseo de encuentro con otra intimidad, diferente a la persona que amamos, pensando que allí estará la plenitud de sentido de la vida, no es más que la lucha por experimentar lo que sólo Dios puede satisfacer plenamente.

En el jardín secreto se halla la presencia silenciosa del Dios de la vida que reconoce lo que somos en verdad y escondemos para los demás, pero que Él acepta, comprende, perdona y transforma para hacernos tocar su corazón. ¿Por qué seguir buscando fuera lo que ninguna otra intimidad humana es capaz de dar al hombre? ¿Por qué seguir huyendo de entrar en el jardín de nuestra vida, donde podemos descifrar las claves que dotan de sentido toda nuestra existencia?

Las mejores decisiones de nuestra vida no deberían estar motivadas por no poder aceptar el enfrentamiento, cara a cara, con esa experiencia inherente a todo hombre que es la soledad. Aprender a convivir con ese vacío es poder mantenerse fiel a nuestras opciones, para dejar de buscar fuera lo que nadie, salvo Dios, puede colmar plenamente, aunque no reconforte de la misma manera a como lo hace el abrazo del hombre o la mujer que están fuera de nuestro jardín.

Fausto Antonio Ramírez

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Saber escuchar

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Cuando la palabra se queda vacía de contenido porque importa más el decir que el qué decir, las voces de los otros se convierten en ruidos amorfos que no se sabe ni de dónde vienen ni a dónde van.

El miedo a la incomunicación es comparable a la experiencia del abismo, donde el vacío que se abre debajo de los pies o nos empuja a tirarnos hacia delante, o a salir huyendo porque la profundidad y la sensación de perder pie se hace insoportable.

El silencio asusta. No sabemos quedarnos callados. Las palabras sin sentido son el refugio natural de los que no saben estar solos y no saben escuchar, porque lo que verdaderamente les importa es hablar y hablar sin cesar hasta volverse tan cansinos que no hay Dios que les aguante.

Saber callarse a tiempo es cosa de sabios. Ese el primer paso para aprender a escuchar. Quien no sabe vivir en soledad no sabe vivir en sociedad. Antes de la comunicación existe la virtud del silencio -que también es comunicación- y después la escucha que es la disposición interior necesaria para ponerse a tiro de los demás.

La palabra es tan gratuita que no debe imponerse, se reclama en el encuentro amoroso -sea del tipo que sea- de dos libertades que se encuentran en el regalo de la donación generosa. A veces el silencio es el dolor del respeto por aquel que se atribuye el derecho a irrumpir sin permiso en el espacio vital de la independencia individual.

Cuando la comunicación se ofrece como el desacato violento del que huye de sus propios miedos al rechazo o la incomprensión, sus palabras se manifiestan vacías de contenido y sordas como el ruido de tambores de guerra que procede de la lejanía.

La palabra es un gesto de entrega que le es arrancado al hombre por su interlocutor, que lo solicita después de haberse hecho débil. Cuando uno se muestra en verdad, libre ante quien desea escucharle, abriendo su corazón porque se ofrece en cada palabra que sale de su boca, entonces la comunicación se despliega generosa, en toda su belleza para acercar dos almas que se buscan en una sola voz.

No soy yo, ni eres tú; no es mi palabra frente a la tuya; son nuestras voces engarzadas en una misma melodía multicolor que se convierte en armonía sinfónica, donde todos los matices son bienvenidos, y los cambios de ritmo acompasan cada respiración para la escucha y la asimilación amable del contenido que se está transmitiendo polifónicamente.

Añoro los tiempos pasados escuchando a los viejos de cualquier rincón del mundo. Detrás de cada una de sus palabras se transparenta la autoridad moral de quien habla de lo que conoce porque lo ha vivido, y su experiencia ha sido contrastada por el paso de los años. No habla mejor, ni comunica más quien más sabe o ha estudiado. No es el flujo de los datos aprendidos lo que dota de mayor empaque la comunicación que se establece con un semejante. El crisol del dolor, del fracaso, del sufrimiento purifica cada palabra que nace del corazón de aquel que tiene algo que decir, porque en sus ojos se puede ver la dulzura de la belleza que los años han ido fraguando en su interior.

Me gusta escuchar a los viejos, me gusta hablar con ellos, me gusta sentirme querido por la calidad y la calidez de una palabra autorizada que es capaz de configurar una comunicación en verdad, sellada por quien no se oculta tras el vacío de la verborrea ensordecedora, vacía de toda experiencia auténtica de la vida y que no tiene mayor interés que la de huir del sinsentido de su propia soledad y del miedo al aislamiento.

Pero, quien no ha sabido callarse a tiempo para aprender a escuchar la voz de su corazón, tampoco ha sabido vivir fijándose en los demás, aunque tuvieran algo que decirle.

Fausto Antonio Ramírez

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