
La adolescencia no es una étapa tan lúgubre como los adultos suelen creer.
La memoria es una entidad un tanto caprichosa, un tenue olor, música o la simple disposición de objetos en un rincón pueden despertar una sucesión interminable de recuerdos y vincularlos súbitamente de una manera en la que nunca se nos había ocurrido conectarnos.
Rememorar la columna “Figurita Difícil” me llevó de vuelta a aquellos tiempos y especialmente a los que vinieron después. Sobre todo en la etapa en la que fui un adolescente propiamente dicho. Quizás haya sido un bicho raro en aquella época, pero el principal problema que tuve en la adolescencia fue el equipo docente y psicológico de mi colegio, bueno una parte, porque también están los que son unos fenómenos y los que sencillamente se limitan a dar clases. No es que fueran malos, de hecho todo lo contrario, estaban preocupados, demasiado preocupados. Nos miraban con ojos enormes y cara de costernación, “lo que pasa es que son adolescentes”, decían. Siempre estaban buscándonos problemas, teníamos inseguridades, miedos, nos sentíamos extraños, cuando no era que nos drogábamos o estábamos al borde del suicidio.
Bueno, intento de suicidio entre mis compañeros sólo supe de uno, aunque quizás haya habido uno o dos más. De todas formas es eso que los psicólogos dicen que no se trata de un real intento de suicidio sino un llamado de atención. La chica intentó abrirse las venas con la punta de un compás. Sinceramente no creo que ese impulso autodestructivo haya tenido que ver con sus diecisiete años sino con la situación familiar en la que creció que era bastante complicada.
Viví esos años con la sensación de que cada vez que se cruzaban con un molino de viento ellos veían gigantes. “Están muy alterados, andan raros” decían a veces y yo me sentía razonablemente bien, quizás un poco aburrido después de la clase de matemáticas y con ganas de desgastar un poco de energía en el patio. Me llegué a sentir culpable cuando un profesor nos dio una charla sobre “el angustioso momento que estábamos pasando” y descubrir que yo no me sentía angustiado. ¿Qué clase de mutante era que no estaba sufriendo mi adolescencia? Malos días tenemos todos, de niños, de adolescentes y adultos. Inseguridades y miedos también, pero más inseguridades tengo ahora que no consigo trabajo ni tampoco sé cuando podré recibirme. Alguien en ese colegio había visto demasiadas películas de jóvenes drogadictos y conflictivos y no era precisamente uno de los alumnos. Es verdad que hubo un periodo en que salía todos los fines de semana con mis amigos y devorábamos cantidades industriales de alcohol, pero durante los días de clases no manteníamos en una sobriedad ejemplarizante y esa etapa se fue tal como vino. Es que tampoco hay cuerpo que los resista, ni bolsillo.
“Porque los adolescentes se suicidan” repetía una psicóloga que nunca entendí quien le dio el título. Lo decía en un tono como profetizando a nuestros padres que para cuando termináramos el secundario, tres cuartas partes de nosotros nos habríamos auto eliminado. Sinceramente, si me nombraran director de mi antiguo colegio lo primero que haría es que despedir a esa psicóloga, creo que ella le provoca más problemas a los chiquilines de los que realmente tienen.
“Adolescente viene de adolecer, significa el que adolece.” Explicó un catequista que también vivía en constante estado de preocupación y alarma por nosotros. “¿De que adolecemos?” Le pregunté. “De criterios”, respondió muy seguro, “Yo tengo criterios, serán maduros o no, pero que tengo criterios, los tengo.”, le retruqué. Nunca voy a olvidar la expresión de su rostro, parecía que iba a enviar una carta al Vaticano solicitando que agregaran mi respuesta a algún pasaje de la Biblia. Yo siempre me quedé con la sensación de haber dicho una simple obviedad.
Por cierto, años después la profesora de latín de la universidad, explicó que “adolescente” proviene del verbo latino “adoleo-ere” que significa “alimentarse, crecer”. La forma “adolescens” es un participio presente activo por lo que debe traducirse como “él que crece”, “él que está creciendo”, del mismo verbo proviene “adultum” que es un participio pasado pasivo y significa “él que creció”. En lo que respecta a la etimología creo que tiene más autoridad una profesora de latín que un catequista.
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