Dime que tienes y te diré quién eres

En este mundo tan convulsionado de cosas materiales que circulan como valores inmejorables, parece no haber lugar para la reflexión y el conocimiento personal. Todo lo que terminamos pensando es encontrar la mejor manera para conseguir más y más cosas.
Todo se torna tan automático en este tipo de pensamiento, que no nos damos cuenta de la excesiva influencia que recibimos de la publicidad y de los medios, que son los encargados en estos momentos de hacernos saber qué y cómo pensar. Es como un slogan que circula donde quiera que vamos: “No se gaste en pensar, nosotros lo hacemos por usted”. Es algo que compramos inclusive antes de nacer, lo traemos en los genes como herencia de nuestros revolucionados e influenciados padres.
Tenemos tantas necesidades básicas que ser feliz sin poseer nada, es una irrealizable y ficticia empresa. Todo se resume a comprar, tener y llenar espacios vacíos con cuánto objeto se nos presente en el camino.
Somos lo que tenemos y lo que estemos en condiciones de conseguir. Todo ese caudal de valores nos certifica que nuestra existencia tiene importancia. Sin tener plena conciencia de ello nos esforzamos por competir con el resto, acaparando la mayor cantidad posible de bienes. Tanto es así que el vacío nos asfixia y el carecer de valores nos torna tan vulnerables frente al resto, que terminamos convencidos de no ser nada ni nadie en esta vida.
Condicionamos nuestra vida a la perpetua lucha por obtener cosas, que dejamos de percibir nuestra esencia, de reflexionar y de pensar en otras cosas tan necesarias como lo es alimentar nuestro espíritu de nuevas ideas, o simplemente de valorar nuestra existencia.
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