El Monstruo Montevideano Y La Dama
En pleno centro de Montevideo hay un monstruo, es enorme, feo y perverso. Estoy de seguro de que si algo así sucediera en Estados Unidos, el presidente telefonearía a algún general desde su despacho en la Casa Blanca, daría la orden y al instante habría tanques y bombarderos en camino para exterminar el peligro. Pero los uruguayos somos diferentes, no tenemos un espíritu tan combativo. Solemos resignarnos frente a semejantes abominaciones y finalmente terminamos por desarrollar una especie de cariño masoquista hacia ellas.
El monstruo se llama Palacio Municipal y hace cosas terribles. Principalmente digiere personas para mantenerlas en un agónico estado de muertos en vida y esclavitud. Realizando trabajos detrás de mostradores y expedientes, hasta que sus vidas se enmohecen totalmente y dejan de ser humanos. Cada vez que paso por su lado, siento una mezcla entre asco, pánico y una pizca de fascinación morbosa.
Por simple instinto de conservación, he tratado de tener que lidiar la menor cantidad de veces posibles con la criatura. La primera vez que recuerdo fue cuando estaba en la secundaria y decidí presentarme a un concurso literario organizado por el municipio. Había sentido historias terribles de aquel monstruo, así que decidí hablar con mi mejor amiga para que me acompañara.
En aquellos tiempos el mundo conocido se reducía a mi barrio y la única forma en la que me movía por la ciudad era caminando. Por lo tanto ir al centro era para nosotros más o menos lo mismo que una expedición Congo con la Nathional Geographic. Planificamos que ómnibus debíamos tomarnos y donde bajarnos como si estuviéramos planeando el Día D. Nuestra estrategia de escape, era más sencilla, nos tomaríamos cualquier ómnibus que tuviera el nombre de nuestro barrio en el cartel y nos bajaríamos cuando las calles nos fueran familiares. Todo terminó exitosamente, tomando un refresco en casa para quitarnos el susto. Nunca supe nada sobre los resultados del concurso, supongo que no les agradó ni mi poesía ni mi narrativa adolescente.
Tres años después, el mundo se había ensanchado por obra y arte de la facultad y mis nuevos colegas literatos me convencieron para que me presentara nuevamente al concurso municipal. El problema es que para cuando logré armar una colección de cuentos convincente, todos mis compañeros ya se habían presentado y ya no tenía quien me ayudara a lidiar con la bestia. Esta vez no podía llamar a mi mejor amiga, ella estudia Ciencias Económicas que es una carrera seria de mucho estudio y ya no podía molestarla para esos favores.
Así que respiré profundo y me armé de todo el coraje para ir solo. Pero descubrí que no estaba tan solo. Cuando logré orientarme un poco, me crucé con una mujer que pedía direcciones a quien se le cruzara. Le pregunté si iba a presentarse al concurso y tras su respuesta afirmativa decidimos no separarnos él uno del otro. Nos presentamos por nuestros géneros, yo era la narrativa, ella la poesía. Le estimé treinta años cuando yo estaba por cumplir los veinte pero se me hizo atractiva.
Hace unos días, le conté de la noche en que fui el ángel guardián de una desconocida. Esta vez una desconocida se volvió mi compañera para enfrentar al monstruo. No sé que habría hecho sin ella. El combate debió estresarla demasiado, porque mientras salíamos fumaba como una condenada.
Solamente nos dijimos “chau” para despedirnos. No le pedí ni un número de teléfono ni su correo electrónico. No lo juzgué necesario, ambos ganaríamos el primer puesto en nuestras respectivas categorías, nos reencontraríamos en la entrega de premios y a partir de entonces seriamos amantes. De más está decir que esa clase de planes nunca me funcionan.

El Monstruo de Montevideo.
Tags: Reflexiones, sociedad, soledad

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