El primer Amor

Despertar al amor implica entre tantas cosas la búsqueda de la propia identidad, llegar a conocernos en correspondencia con el otro.
Amar al otro nos fanatiza, ese igual que se eleva en virtudes y destrezas. Amarlo significa sentir que estamos vivos, llenos de esperanzas, con un mundo por descubrir. La prisa, el querer todo al mismo tiempo, también produce dolor.
Ese agridulce sentimiento que es querer sin medidas, sin precaución, sin miramientos, también nos habilita para vivir en la magia de la fascinación. Lo queremos, está ahà es real, pero al mismo tiempo distante de nuestras fuerzas.
Ese otro que tiene sus propias vivencias, sus propios gustos, nos está invitando a compartir otro mundo de posibilidades. Y lo hace de la manera más dulce, nos brinda sus besos, sus caricias, su tierna compañÃa.
La inocencia del primer amor, detiene el tiempo y lo eterniza. De repente el solo recordarlo nos devuelve a la niñez del sentimiento, a la base del amor.
Nuestros rostros inundados de inocencia, se reflejan extasiados en el espejo de la vida. Aquel amor siempre será la luz en la oscuridad del tiempo.
En esta época irrepetible de nuestra vida, donde la frescura de los versos, el amor lo es todo. Nada es más importante, nada más real ni más puro.
Sólo el recuerdo nos devuelve aquella aventura, y aunque sea una pequeña parte de nuestra vida, el primer amor nunca se borrará de nuestra mente.
Remontarse a aquél recuerdo, es volver a sentirlo aunque nada más sea para recordarnos que aún seguimos vivos, y esa inocencia aún se encuentra en el interior de nuestro ser.
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