Obsesión

Cuando el amor se torna enfermizo lo denominamos obsesión. Todo lo que hacemos y lo que pensamos tiene un solo fin, concretar nuestros deseos de posesión. Poseer al objeto de nuestro amor, ese ser tan distinto que nubla nuestros sentidos.
Pero es justamente todo ese exagerado deseo de poseerlo lo que lo convierte en objeto de obsesión, dejando así atrás la esencia de ser especial que nos cautivaba.
En ese laberinto confuso de deseo y desencuentro es donde el amor sufre una gran transformación. Pues el sentimiento recíproco de amor termina convirtiéndose en egoísmo, ya nada más que nuestros deseos importan, tenerlo a cualquier precio y bajo cualquier circunstancia.
Que el otro ser nos quiera, es nada más que un detalle que al fin de cuentas da lo mismo, pues la obsesión es tan fuerte que pensamos que una vez que lo obtengamos, querernos para él será inevitable.
Este supuesto amor es tan potente que con el amor de uno solo basta, alcanza y sobra. Esos ojos vendados de confianza y convicción no encierran otra cosa que el miedo absoluto al rechazo.
No es fácil aceptar un “No” por respuesta, un rechazo a nuestro entender inmerecido. Cómo soportar algo tan injusto y cruel, si sólo queremos brindarle nuestro amor.
El rechazo es una dura prueba a nuestro ego, y es una posibilidad de la cuál nadie está exento. Aceptarlo nunca es fácil y siempre trae consigo una herida que tarda en cerrar.
Entonces la obsesión suele ser un camino más tolerable, ya que mientras concentramos todas nuestras energías en obtener su amor, no dejamos tiempo para el inevitable sufrimiento.
Pero lo que no comprendemos en ese momento, es que aceptar el sufrimiento es el único camino a la resignación, que es la que nos dará el valor para terminar con esta desgastante obsesión.


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