Sucedió una Noche de Verano
   VolvÃa a casa caminando solo, con sentimientos encontrados sobre la noche. Es cierto que habÃa salido con la chica que me gustaba y era la primera vez que se leÃa mi poesÃa en público y parecÃa haber gustado bastante. Pero por otro lado, la chica no me habÃa dado demasiado corte y dos amigos que nos acompañaron se habÃan ennoviado hace poco, asà que decidà abandonarlos cuando se pusieron demasiado melosos.
   SerÃan las cuatro, quizás las cinco de la mañana y yo caminaba por Boulevard Artigas, la calle que normalmente se asocia con prostitutas y travestÃs ofreciendo sus servicios, pero no recuerdo haber visto a ninguna aquella noche. Lo que sà llamo mi atención era una chica de más o menos mi edad, llorando y totalmente borracha que amagaba con tropezarse cada tres pasos. No era muy linda a decir verdad, pero la situación me pareció hermosamente poética. ¿Qué clase de noche habrÃa pasado? ¿Qué penas de amores la tenÃan en ese estado?
   Como marchábamos los dos en el mismo sentido, me mantuve con disimulo cerca de ella. Para poder ayudarla en caso de que cayera o que en un impulso suicida le diera por tirarse bajo algunos de los pocos autos que pasaban. No podrÃa quitarle sus penas ni su borrachera, pero al menos serÃa su ángel guardián mientras nuestros caminos coincidieran. Creo que no llegamos a andar una cuadra asÃ, cuando ella me miró un instante, se me acercó y se agarró de mi brazo.
    Dicen que Montevideo es la capital más segura de Latinoamérica, no tengo idea de como es que pueden saber eso, ni si será cierto. Lo que sà sé, es que no vivo en un lugar donde sea recomendable confiar asà en un extraño, menos a esas horas de la noche. Pero ella decidió hacerlo, nos presentamos y hablamos de las cosas que conversan un chico y una chica que se acaban de conocer. Estudios, música, el clima, no me animé a preguntarle la razón de su borrachera. Tampoco es que el dialogo fuese muy fluido, entre su estado etÃlico y que soy más bien tÃmido, habÃa más silencio que palabras.
    Por aquel entonces ya habÃa decidido acompañarla hasta la casa y asegurarme de que llegara sana y salva. Pero me preguntó donde vivÃa y yo le señalé mi calle que ya habÃamos pasado hace una cuadra. Me dijo que entonces siguiera mi camino, que no tenÃa que tomarme tales molestias con ella. Le respondà que no era ninguna molestia, eran una hermosa noche de verano para caminar. Ella me aseguró que iba a llegar bien a su casa y que no tenÃa que acompañarla. No me dieron mucha seguridad sus palabras, tampoco insistÃ, no querÃa que pensara que buscaba aprovecharme de ella.
    Nos despedimos y tomé mi camino, desde la otra cera la seguà con la mirada hasta que desapareció entre la neblina de la madrugada. Nunca más la volvà a ver, tampoco sé si la reconocerÃa si la viera por la calle.
    Quizás muchos esperarÃan, que historia terminara con un mágico beso, que salimos durante un tiempo o quizás que nos casamos y tuvimos tres hijos. Pero para mà lo maravilloso es justamente lo contrario, el encuentro casual de dos extraños que nunca se llegan a conocer. Dos vidas que se cruzan por un instante y después siguen cada una su camino.
Tags: Reflexiones, Sentimientos, sociedad, soledadArtículos Relacionados:
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Bueno, que decirte que no te haya dicho ya… En este cuento solo nos transmites un poco de Montevideo, desnudas la visión que tenemos de aquella ciudad y la pones de carne y hueso. La chica sólo es el pretexto de una noche en sus calles más lóbregas. Me gustó Led